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jueves, 28 de mayo de 2009

Estudio sobre la Trinidad

Fuente:

http://www.elcristianismoprimitivo.com

La doctrina de Dios

El ser infinito, Dios, se describe solamente con palabras que hablan acerca de lo infinito: Sus dominios son inmensurables, su sabiduría es insondable, sus riquezas son inescrutables, sus caminos son inescudriñables y su grandeza sobrepasa toda comparación. No podemos comprender a Dios; sólo podemos exclamar como el salmista: “Desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios”.

Este Dios único y eterno se ha revelado al hombre. Y es sólo por medio de la revelación de este Dios infinito que el hombre finito puede entender el propósito del universo y de su propia existencia. El incrédulo, que no conoce a Dios, y que, por tanto, se enorgullece de sus teorías, está enredado en su propia ignorancia, misticismo y superstición. El Hijo de Dios es el único que puede entender al Dios viviente y sus obras maravillosas.

Hay muchas evidencias que demuestran que existe un ser supremo. La creación muestra claramente que hay un ser infinito que todo lo sabe y todo lo puede. Él es sobrenatural, sobrehumano, sin principio y sin fin; es un Creador muy amoroso que no tiene las limitaciones que tienen las criaturas que él mismo creó. La existencia de la naturaleza es un milagro que demuestra que en realidad existe un Hacedor de milagros. El hombre puede entender el origen de todo esto sólo por medio de lo que ha dicho el que creó todas las cosas y tiene todo poder. A este ser le llamamos “Dios”.


Capítulo 1

Dios, su ser y sus atributos

“Engrandeced a Jehová conmigo, y exaltemos a una su nombre” (Salmo 34.3).

El alma del adorador se llena de reverencia al encontrarse en la presencia del ser infinito llamado Dios. Él es altísimo y santo, poderoso y glorioso, incomparable y admirable en todas sus obras grandiosas. Él es perfecto en sabiduría y amor, e infinito en poder. El ser humano nunca comprenderá su grandeza. Sin embargo, Dios es tan amigable y está tan cercano a nosotros que la persona más humilde puede tenerlo como un compañero diario y su amigo más íntimo. Al conocerlo íntimamente le adoramos, le alabamos y reconocemos su derecho a decirnos: “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios” (Salmo 46.10).

El conocimiento de Dios

Nuestro primer conocimiento de Dios viene de la declaración que aparece en Génesis 1.1: “En el principio creó Dios...” Esto se refiere al tiempo cuando Dios creó todas las cosas. Pero este no fue el principio de él, pues Dios es sin principio y sin fin.

Dios es un ser real tal y como lo es el hombre. Nosotros podemos afirmar esto porque sabemos que el hombre fue creado a la imagen de Dios. Dios tiene una personalidad así como la tiene el hombre.

Dios se manifiesta a sus hijos en varias maneras: en la Biblia, en la naturaleza y en la obra de Dios en los corazones de sus hijos. Y Jesucristo, el Verbo hecho carne, es Dios con nosotros. Además, existen pruebas de la existencia de un Dios supremo en la naturaleza, en la conciencia del hombre y en las leyendas trasmitidas de generación en generación desde las civilizaciones antiguas. Siendo así, nadie puede poner excusa de no conocer a Dios. (Lea Romanos 1.20–32.)

Nombres de Dios

Dios se manifiesta por medio de varios nombres. Los dos nombres más comunes en las escrituras hebreas son Elohim (generalmente traducido “Dios”) y Jehová. El nombre Elohim denota su posición como Creador y expresa la idea de poder, dominio y autoridad suprema. El nombre Jehová significa “él que es”. Dios dio este nombre a su pueblo escogido y en su relación con ellos siguió revelando el significado del mismo. Él se manifestó como el sanador (Éxodo 15.26) y Jehová-salom, o sea, el que es paz (Jueces 6.24). En verdad él se manifestó como el que es todo lo que a mi pueblo me hace falta (lea Salmo 62.5–8).

Según los historiadores cuando el nombre Jehová fue dado entre los judíos, ellos se sintieron tan impresionados por su santidad que lo usaban con muy poca frecuencia por lo que su pronunciación fue olvidada. En la actualidad los que temen a Dios siempre pronuncian cualquiera de sus nombres con reverencia y adoración. Tomar el nombre de Dios en vano es completamente desconocido en los labios del verdadero hijo de Dios.

En la Biblia encontramos otros nombres de Dios que expresan una acción o característica de Dios. Veamos algunos de ellos: “Dios omnipotente” (Éxodo 6.3); “Altísimo” (Números 24.16); “Dios viviente” (Deuteronomio 5.26); “Dios del cielo” (Esdras 5.11); “Santo” (Job 6.10); “Dios de los ejércitos” (Salmo 80.7); “Santo de Israel” (Isaías 1.4.); “Jehová de los ejércitos” (Jeremías 9.15); “Rey de reyes” (Mateo 6.15); “Señor de los ejércitos” (Romanos 9.29); “Padre de las luces” (Santiago 1.17); “Señor de Señores” (Apocalipsis 17.14). Al estudiar los nombres de la Deidad vemos una descripción de su grandeza y santidad.

Evidencias de la existencia de Dios

Para la persona que quiere recibir la verdad, y medita en ella, las evidencias de la existencia de Dios son muchas. Aquí les presentamos algunas:

1. La naturaleza habla de un principio

La hoja de un árbol brota de la rama, la rama del tronco, el tronco de la raíz y la raíz de la semilla. Entonces, ¿de dónde procede la semilla? La misma procede de otra planta. Cuando buscamos el origen de la semilla al final llegamos a la primera semilla y nos preguntamos: ¿De dónde vino la primera semilla? De la misma manera, cuando nos fijamos en los cielos estrellados, la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay, surge la pregunta inevitable: ¿Quién lo hizo? ¿Qué originó la materia, la vida, las especies y el hombre? Indudablemente tuvo que haber un Creador. Este Creador es Dios. Él es sin principio y sin fin, y por el aliento de su boca y su poder infinito creó todas las cosas visibles e invisibles. Es más razonable creer esto que creer que todas estas cosas existen por mera casualidad. “Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa” (Romanos 1.20).

2. La naturaleza habla de un Creador todopoderoso y sabio

Existen muchas preguntas acerca de la naturaleza que ningún ateo jamás ha podido contestar. Por ejemplo, hay una ley natural que hace que los cuerpos se dilaten por el calor y se contraigan por el frío. Una excepción a esta ley se puede observar en el agua. Cuando el agua se congela, se dilata. De modo que el hielo se forma en la superficie de las aguas en lugar de sumergirse al fondo. De esta forma los ríos y lagos no llegan a ser una masa sólida de hielo que no podría derretirse en un solo verano. ¿Quién diseñó esta excepción? ¿Será capricho de la naturaleza? ¿Cómo uno puede explicarse por qué la tierra abunda de provisiones para los hombres y los animales? ¿Quién nos ha podido explicar alguna vez el origen de órganos tan delicados como el cerebro, la circulación, el sentido de la vista, del oído, del olfato y del gusto? Y ¿qué de sus propias localizaciones en el cuerpo y la manera en que se relacionan unos con otros? Esto no se pudiera explicar a menos que reconozcamos la existencia de un Diseñador omnisciente, quien los formó según su entendimiento infinito. Hay muchas otras preguntas que incluso el hombre más educado y sabio no ha podido contestar razonablemente sin suponer la existencia de un ser supremo.

3. La creencia en un ser supremo es universal

A cualquier parte de este mundo donde vaya un misionero, aun a las tierras más lejanas y paganas, se encontrará con personas que reconocen la existencia de un ser supremo. ¿Qué son los ídolos sino falsificaciones del Dios vivo? Los mahometanos, los indostanos, los budistas y muchos otros que adoran en varias formas son todos adoradores de algún ser que consideran sobrehumano. Para todos es conocido que aun los ateos en tiempos de conflictos y peligros invocan el nombre de Dios. Aquel hombre que introdujo su argumento diciendo: “Doy gracias a Dios que soy ateo” es sólo un ejemplo.

Volviendo nuevamente a Romanos 1.20, vemos que la causa de esto radica en que Dios ha fijado la verdad de su existencia en las mentes y las conciencias de todo ser humano. Existe algo en lo más profundo de nuestros corazones a lo cual Dios apela y muchas veces logra alcanzar en nosotros. Es por ello que Dios toca al corazón del impío para convencerlo de su condición y salvarlo.

4. El hecho irrefutable de que el autor de la Biblia es sobrehumano

En nuestro capítulo sobre la Biblia hemos tratado este tema de una forma más extensa.

5. La experiencia personal del pueblo de Dios

La experiencia incluye cosas tales como el disfrute pleno de vidas limpias de pecado, las transformaciones en la personalidad, el gozo del Señor en el alma y las oraciones contestadas. El hijo de Dios que ha experimentado estas cosas puede citar acontecimientos de su propia vida y decir positivamente: “Yo estoy convencido de que Dios existe”. Usted no tiene que desanimarse si no conoce todos los elementos y evidencias que demuestran la existencia de Dios. Simplemente por medio de las evidencias de la salvación, efectuada en su alma por el Dios verdadero, usted puede demostrarles a los incrédulos que Dios sí existe.

Este ser maravilloso, cuya influencia se ve en todas partes y en todos los aspectos de sus obras, llega a ser más precioso para nosotros cuando estudiamos sus atributos en su palabra.

Los atributos de Dios

1. Dios es eterno

Este atributo lo vemos en expresiones tales como: “el eterno Dios” (Deuteronomio 33.27); “Jehová Dios eterno” (Génesis 21.33); “desde la eternidad y hasta la eternidad” (Salmo 103.17); y, “por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 11.15). Además, vemos esto en Génesis 1.1 donde Dios se muestra como un ser activo y creativo “en el principio”. Dios no es gobernado por el tiempo como sus criaturas.

2. Dios es inmutable

“Yo Jehová no cambio” (Malaquías 3.6) es la declaración hecha de su propia boca. Aunque Dios cambia sus métodos conforme a las diferentes situaciones que se presentan, y en varias ocasiones ha entrado en pactos nuevos con los hombres, él mismo nunca ha cambiado. Su verdad existe “por todas las generaciones” (Salmo 100.5). (Lea Santiago 1.17.) “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (Hechos 13.8). “Para siempre, oh Jehová, permanece tu palabra en los cielos” (Salmo 119.89).

3. Dios es omnipotente

Es decir, Dios es todopoderoso. El mismo Dios que en el principio dijo las palabras y fueron creados los cielos y la tierra ahora extiende su brazo fuerte y hace temblar la tierra por medio de huracanes, terremotos y volcanes. Este mismo Dios enviará desde los cielos a su Hijo, y un nuevo orden aparecerá (2 Pedro 3.10–13). La majestad y la grandeza de su poder son anunciadas elocuentemente por boca del profeta (Isaías 40.12–17). (Lea Génesis 17.1; Apocalipsis 19.6.) El mismo Dios que creó los cielos y la tierra es quien sostiene todas las cosas en la palma de su mano y hasta las naciones más poderosas son nada en comparación con su poder.

4. Dios es omnisciente

Para Dios no hay límite en sabiduría y conocimiento porque él sabe todas las cosas. “Los ojos de Jehová están en todo lugar, mirando a los malos y a los buenos” (Proverbios 15.3). Dios sabía, incluso desde antes de la creación del mundo, que el hombre iba a pecar. Por eso él concibió el plan divino de la salvación y preparó un reino para la gloria eterna de su pueblo. La Biblia está llena de evidencias que demuestran que su Autor sabe todas las cosas: el pasado, el presente y el futuro (1 Reyes 8.39; Ezequiel 11.5; Mateo 10.30).

5. Dios es omnipresente

“¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás. Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, aun allí me guiará tu mano, y me asirá tu diestra. Si dijere: Ciertamente las tinieblas me encubrirán; aun la noche resplandecerá alrededor de mí” (Salmo 139.7–11). Teniendo en cuenta que los ojos de Dios están en todas partes, que nada se puede esconder de su vista y que él sabe aun los pensamientos más íntimos y las intenciones del corazón (Hebreos 4.12), debemos adorar a Dios en todo tiempo con santa devoción y nunca guardar el mal en nuestros corazones. (Lea 2 Crónicas 6.18.)

6. Dios es justo

“Los juicios de Jehová son verdad, todos justos” (Salmo 19.9). “Justo eres tú, oh Jehová, y rectos tus juicios” (Salmo 119.137). Nadie debe temer que no va a recibir justicia de parte de Dios porque él es perfecto en justicia, así como lo es en sus misericordias. Su palabra enseña su justicia y la misma está presente en todas sus obras.

7. Dios es fiel

“Fiel es Dios” (1 Corintios 10.13). Éste es sólo uno de los pasajes bíblicos que afirma la fidelidad de Dios. Él ha hecho miles de promesas y nunca ha dejado de cumplirlas. Sus pactos con el hombre pecaminoso son una evidencia incuestionable de la fidelidad de Dios. Damos gracias a Dios que en cualquier tiempo podemos acercarnos a él con confianza y sentirnos seguros de que “[su] palabra es verdad” (Juan 17.17).

8. Dios es incompresible

Los hombres más sabios, más cultos, más eruditos y los más hábiles se enfrentan a muchas situaciones en la vida en las que tienen que confesar: “Yo no sé”. Zofar, por ejemplo, hizo una pregunta muy apropiada cuando preguntó: “¿Descubrirás tú los secretos de Dios?” (Job 11.7). Nos rodean muchos misterios que la mente humana no puede comprender. Muchos hombres que han pasado toda su vida escudriñando la palabra de Dios han confesado que apenas han empezado. No es difícil llegar a conocer a Dios. Sin embargo, es imposible que el hombre alcance el límite del conocimiento acerca de todo lo que Dios es, dice o hace. El apóstol Pablo, quien quizá escudriñó las cosas de Dios más que cualquier otro hombre, aun después que fue “arrebatado hasta el tercer cielo” y oyó cosas “que no le es dado al hombre expresar”, dio este testimonio: “¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!” (Romanos 11.33).

9. Dios es sencillo

A pesar de todo lo que se puede decir acerca de la incomprensibilidad de Dios, la sencillez es una de sus características más sobresalientes. Esto se ve en todas las obras de sus manos. Aunque ningún ser humano puede saber todo acerca de él, cada ser racional puede llegar a conocer algo; lo suficiente para animarlo a continuar estudiando la Biblia, trabajando y regocijándose al aprender más de la verdad divina. La Biblia es un modelo de pensamientos sencillos y profundos, y las personas que son una viva imagen de Dios son reconocidas por su sencillez y humildad.

10. Dios es benigno

Las evidencias de la benignidad de Dios están en todas partes. Es “su benignidad” (Romanos 2.4) la que nos guía al arrepentimiento. Es su benignidad lo que hizo posible que el hombre caído pudiera ser restaurado al favor divino. En muchas maneras, la paciencia y la bondad de Dios confirman las palabras del salmista: “Bueno es Jehová para con todos” (Salmo 145.9).

11. Dios es misericordioso

La benignidad y la misericordia de Dios son inseparables. “La misericordia de Jehová es desde la eternidad y hasta la eternidad” (Salmo 103.17). Este versículo muestra que no hay límite para la bondad de Dios. Y lo que los hombres consideran como “tardanza” por parte de él, no es otra cosa que la manifestación de su paciencia “para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca” (2 Pedro 3.9). Su misericordia, como sus demás atributos, es perfecta; sin límites ni defecto.

12. Dios es imparcial

La imparcialidad y la misericordia de Dios concuerdan en una bella armonía. Cuando el joven rico le preguntó a Jesús acerca del camino de la vida, Jesús le mostró claramente lo que lo condenaba. Y así mismo él lo hace con todos nosotros. Además, podemos apreciar la imparcialidad y la misericordia de Dios cuando él sacó del huerto al hombre pecaminoso. El hombre no podía comer del árbol de la vida y vivir eternamente en su estado pecaminoso. Los pecadores que desprecian la misericordia de Dios con el tiempo tendrán que hacerle frente a la justicia de Dios en la eternidad. Dios es Autor de leyes justas, las cuales se aplican igualmente a todo ser humano, porque “Dios no hace acepción de personas” (Hechos 10.34).

13. Dios es amor

“El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor” (1 Juan 4.8). El amor de Dios para con la humanidad caída es tan grande que dio a su Hijo unigénito para rescatarnos de la perdición (Juan 3.16). El apóstol Pablo dice: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5.8). ¡Qué amor tan sin igual y precioso! La historia completa de la relación de Dios con los hombres caídos se resume en tres palabras: “Dios es amor”.

Pensamos tanto en el amor de Dios que algunas veces se nos olvida que una manifestación de su amor es el odio con que él aborrece lo malo. Él aborrece lo malo con la misma intensidad que ama lo bueno. Él se manifiesta como un Dios celoso, que visita “la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que [lo] aborrecen” (Éxodo 20.5). En Proverbios 6.16–19 notamos siete cosas específicas que el Señor aborrece. Él aborrece todos los malos caminos y todas las formas de iniquidad. Para poder amar apasionadamente todo lo que es bueno, justo y santo se tiene que aborrecer ardientemente la iniquidad.

14. Dios es santo

El serafín que se le apareció a Isaías dio voces, diciendo: “Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria” (Isaías 6.3). Diecinueve veces este mismo profeta se refiere al Dios de los cielos y de la tierra como “el Santo”. Cuando tenemos en cuenta su justicia, amor, pureza, fidelidad, bondad, gracia y gloria maravillosa, esto nos prepara para recibir su amonestación: “Sed santos, porque yo soy santo” (1 Pedro 1.16). La santidad de Dios debe ser buscada y procurada por todos sus hijos.

Aquí concluimos, no por haber nombrado todos los atributos de Dios, sino porque hemos nombrado lo suficiente para recordarnos de su grandeza infinita, su bondad, su poder y su gloria majestuosa. Bendito, para siempre bendito, sea su santo nombre.

Ninguna de las criaturas de Dios puede poseer los atributos de Dios que pertenecen a su infinidad, como su omnipotencia, omnipresencia y omnisciencia. Dios es el único que las posee. Sin embargo, los atributos morales, como la santidad, la benignidad, la justicia y la pureza él los ha encargado a todo su pueblo para que por medio de los mismos nosotros podamos resplandecer a la imagen de Dios. De modo que para sus hijos uno de los pensamientos más consoladores es que en el futuro seremos “como él es”.

CAPÍTULO 2

Dios, sus obras

“Jehová de los ejércitos, solo tú eres Dios de todos los reinos de la tierra; tú hiciste los cielos y la tierra” (Isaías 37.16).

Dondequiera que usted mire, sea en los cielos o en la tierra, usted verá las maravillosas obras de Dios. El rey David, al contemplar la gloria de Dios en la naturaleza, cantó:

Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.

Un día emite palabra a otro día,
Y una noche a otra noche declara sabiduría.

No hay lenguaje, ni palabras,
Ni es oída su voz.

Por toda la tierra salió su voz,
Y hasta el extremo del mundo sus palabras (Salmo 19.1–4).

Observamos la gloria infinita de Dios en sus maravillosas obras a nuestro alrededor. Los cielos y la tierra proclaman la gloria de Dios. Esta gloria nos habla al mismo tiempo de las glorias venideras que serán aun más grandes. A él le adoramos por su poder incomparable, su gracia maravillosa, su amor tierno y su compasión hacia nosotros que somos criaturas indignas hechas de polvo. Miramos hacia los dominios insondables del Altísimo, y en nuestra imperfección procuramos estudiar las obras de Dios. Para hacer más fácil este estudio lo hemos dividido en dos partes: (A) LA CREACIÓN y (B) EL SEÑORÍO DIVINO.

A. LA CREACIÓN

Nuestro estudio comienza en el “principio” de Génesis 1.1. En lo que se refiere al tiempo anterior a la creación, Dios no le ha revelado nada al hombre excepto unas pocas palabras como en Juan 17.5 y Efesios 1.4. La frase “En el principio” señala el principio de todas las cosas que existen en nuestro universo. Aquí es donde Dios abre su primer capítulo de revelaciones y dice “creó Dios”, y es precisamente aquí donde el ateo con su filosofía humana empieza con “podríamos suponer que...”. Pero el hijo humilde de Dios cree el hecho sencillo que fue entonces cuando “Dios creó los cielos y la tierra”.

La semana de la creación

Génesis describe de la siguiente forma la obra de Dios durante la semana de la creación:

El primer día: La luz, el día y la noche

Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz. Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas. Y llamó Dios a la luz Día, y a las tinieblas llamó Noche. Y fue la tarde y la mañana un día (Génesis 1.3–5).

El segundo día: Los cielos

Luego dijo Dios: Haya expansión en medio de las aguas, y separe las aguas de las aguas. E hizo Dios la expansión, y separó las aguas que estaban debajo de la expansión, de las aguas que estaban sobre la expansión y fue así. Y llamó Dios a la expansión Cielos. Y fue la tarde y la mañana el día segundo (Génesis 1.6–8).

El tercer día: La tierra, el mar y las plantas

Dijo también Dios: Júntense las aguas que están debajo de los cielos en un lugar, y descúbrase lo seco. Y fue así. Y llamó Dios a lo seco Tierra, y a la reunión de las aguas llamó Mares. Y vio Dios que era bueno. Después dijo Dios: Produzca la tierra hierba verde, hierba que dé semilla; árbol de fruto que de fruto según su género, que su semilla esté en él, sobre la tierra. Y fue así. Produjo, pues, la tierra hierba verde, hierba que da semilla según su naturaleza, y árbol que da fruto, cuya semilla está en él, según su género. Y vio Dios que era bueno. Y fue la tarde y la mañana el día tercero (Génesis 1.9–13).

El cuarto día: El sol, la luna y las estrellas

Dijo luego Dios: Haya lumbreras en la expansión de los cielos para separar el día de la noche; y sirvan de señales para las estaciones, para días y años, y sean por lumbreras en la expansión de los cielos para alumbrar sobre la tierra. Y fue así. E hizo Dios las dos grandes lumbreras; la lumbrera mayor para que señorease en el día, y la lumbrera menor para que señorease en la noche; hizo también las estrellas. Y las puso Dios en la expansión de los cielos para alumbrar sobre la tierra, y para señorear en el día y en la noche, y para separar la luz de las tinieblas. Y vio Dios que era bueno. Y fue la tarde y la mañana el día cuarto (Génesis 1.14–19).

El quinto día: Los animales marinos y las aves

Dijo Dios: Produzcan las aguas seres vivientes, y aves que vuelen sobre la tierra, en la abierta expansión de los cielos. Y creó Dios los grandes monstruos marinos, y todo ser viviente que se mueve, que las aguas produjeron según su género, y toda ave alada según su especie. Y vio Dios que era bueno. Y Dios los bendijo, diciendo: Fructificad y multiplicaos, y llenad las aguas en los mares, y multiplíquense las aves en la tierra. Y fue la tarde y la mañana el día quinto (Génesis 1.20–23).

El sexto día: Los animales de la tierra y el hombre

Luego dijo Dios: Produzca la tierra seres vivientes según su género, bestias y serpientes y animales de la tierra según su especie. Y fue así. E hizo Dios animales de la tierra según su género, y ganado según su género, y todo animal que se arrastra sobre la tierra según su especie. Y vio Dios que era bueno. Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. (…) Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera. Y fue la tarde y la mañana el día sexto (Génesis 1.24–31).

El séptimo día: El reposo

Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo; y reposó el día séptimo de toda la obra que hizo (Génesis 2.2).

Verdades acerca de la creación

1. Dios hace grandes hazañas con facilidad

Dios creó por medio de la palabra de su boca. Por ejemplo:

Y dijo Dios: sea la luz; y fue la luz.

Dijo también Dios: (...) Descúbrase lo seco. Y fue así.

Dios, con sólo hablar, creó los cielos y la tierra y ordenó la naturaleza. Es cierto que el hombre simplemente al oprimir un botón puede poner en movimiento grandes fábricas industriales; pero Dios hizo todo el mundo sin tener que esforzarse. Debemos acordarnos de este poder maravilloso e incomparable, no solamente al estudiar la creación, sino también al estudiar cómo él gobierna el universo.

2. Dios lleva a cabo toda su obra en perfección

Dios nunca tuvo que probar o desarrollar sus ideas. Lo que él hace, sirve. Tan perfecta fue la obra de Dios en la creación que los hombres han hecho un dios de este sistema ordenado y han tratado de probar con ello que no hay Dios.

3. Dios creó las distintas especies

Dios ordenó que los animales y las plantas que él mismo creó debieran reproducirse según su especie o según su género. No hay ninguna evidencia en este mundo que demuestre que alguna especie superior se ha desarrollado de una especie inferior.

4. Dios creó al hombre a su imagen

Dios creó al hombre del polvo de la tierra a su propia imagen. Esta verdad no armoniza con la teoría antibíblica de la evolución, la cual declara que el hombre se desarrolló de los animales inferiores en el transcurso de millones de años. La Biblia y la teoría de la evolución están en polos opuestos.

5. Dios le dio una posición exaltada al hombre

El hombre, como Dios lo creó, era único en la creación. Fue un ser viviente, llevó la imagen de su Creador y pudo comunicarse con él. Adán fue tan inteligente que pudo dar nombres a todos los animales que Dios había creado y tuvo dominio sobre toda la tierra. Dios creó la naturaleza para servir al hombre.

6. La creación manifiesta la sabiduría de Dios

Cada planta y cada animal cumplieron con el propósito que Dios le asignó. El reino animal fue puesto al cuidado del hombre. Dios ordenó todo y a cada una de sus criaturas les proveyó todo lo necesario. Él dio provisiones en abundancia para el contentamiento y bienestar de los hombres y los animales. Y para que los hombres entendieran de la manera que él lo había creado todo entonces aparece la explicación en los primeros dos capítulos de Génesis. Todo lo que Dios había hecho era “bueno en gran manera”.

Teoría del desarrollo progresivo

El elemento prominente en esta teoría es la evolución. La misma tiene varias modificaciones, desde el ateísmo absoluto hasta el intento de armonizar la evolución con la Biblia. Todas las modificaciones entran en conflicto cuando son confrontadas con la verdadera creación descrita en la Biblia. Veamos:

· Es difícil acomodar lo que pasó en los seis días específicos de la creación con la teoría de que los seis días fueron épocas geológicas que duraron millones de años. Es aun más difícil acomodar la idea de una progresión gradual con la declaración bíblica que Dios “formó al hombre del polvo de la tierra” y “creó Dios al hombre a su imagen”. Con esto vemos que el hombre no evolucionó de un microbio o de un mono, como muchos pretenden hacernos creer. (Lea Hebreos 11.3.) El hijo de Dios, aunque no tenga educación, comprende cómo fueron hechos los cielos y la tierra porque cree en lo que dice en Génesis.

· Los que defienden la teoría de la evolución tienen que confesar que sus creencias se basan en teorías que no se pueden comprobar. No se ha hallado el supuesto “eslabón perdido” entre el hombre y los animales. Todos los esfuerzos por comprobar que había una generación espontánea (es decir, que la vida apareció por sí misma donde no había existido), han fracasado grandemente. No hay evidencia en los fósiles que demuestre que una especie inferior se haya transformado en una especie superior. Mientras que la evolución carece de argumentos en tantas maneras, la Biblia se mantiene fiel y verdadera con el paso del tiempo. Lo que en una generación se considera ser una verdad científica, muchas veces en la generación siguiente se comprueba que es falsa. La teoría de la evolución de una especie a la otra no concuerda con las escrituras ni con lo que se observa hoy en la naturaleza.

· Nosotros nos negamos a llamar evolución a los mejoramientos que el hombre ha realizado en las especias. Es cierto que en muchos casos ha habido adelantos maravillosos, pero estos adelantos resultan de la sabiduría de Dios dada a los hombres y no por la naturaleza misma. La naturaleza, sin la intervención del hombre, regresa al estado original. El hombre ha transformado el durazno de ser una fruta pequeña y amarga a una fruta sabrosa y azucarada como la conocemos hoy. Pero aún así continúa siendo un durazno. El cerdo se ha desarrollado a un animal grande y gordo, en algunos casos pesando hasta media tonelada. Sin embargo, aun así continúa siendo un cerdo. El caballo más gordo y robusto de nuestros días, comparado con los más flacos y pequeños de la antigüedad, constituye otro ejemplo del desarrollo de las especies. No obstante, sigue siendo un caballo. Pero cuando el hombre no contribuye a la reproducción de las especies en el transcurso de unas pocas generaciones las mismas regresan a su estado natural.

· Los que se oponen a la milagrosa creación bíblica se enfrentan a un milagro aun más inexplicable: el origen de la materia de la nada. Si negamos que ésta fue creada por Dios no nos queda otra cosa que suponer que empezó por mera casualidad. El origen de la vida también es un milagro. Si negamos que la vida fue creada por Dios, no tenemos otro recurso más que concluir que las cosas comenzaron a vivir por medio de su propio poder. ¿Por qué los hombres se niegan a creer que los cielos y la tierra y todas las cosas que en ellos hay fueron hechas por el poder y el acto creativo de un Dios infinito? ¿Por qué apoyan la teoría del progreso gradual desde la nada hasta el estado presente del universo cuando ni una sola teoría sobre este punto ha sido comprobada? ¿Acaso pudiera ser que ellos quieran evitar una responsabilidad personal ante un Dios creador?

· Por último, nos negamos a creer en la teoría de la evolución que ahora es enseñada en la mayoría de los colegios, universidades y seminarios porque la misma nace del ateísmo. Los que apoyan la evolución niegan la palabra de Dios y a Dios mismo. Cuando el hombre adquiere una perspectiva falsa de Génesis 1–2 entonces él obtiene una perspectiva falsa de la Biblia en su conjunto. Todos los hombres de fe que proponen trasmitir la fe a las generaciones futuras deben prestar especial atención a este punto.

Dios, nuestro único testigo seguro

Tal vez usted se ha hecho la siguiente pregunta: “Si es cierto que los que se oponen a la Biblia se basan en teorías no comprobadas, ¿por qué hay tantas evidencias que parecen apoyarlas?” A esto contestamos: Ellos obtienen verdades parciales de estas evidencias y así las apariencias engañan. Ellos consideran las evidencias desde una perspectiva antibíblica. Aquí les presentamos algunas ilustraciones:

Por ejemplo, en las piedras de unas montañas a muchos kilómetros de distancia de un río o del mar son encontrados los fósiles de algunos peces. ¿Cómo llegaron hasta allí? Los que creen en el desarrollo lento de la evolución plantean que los cambios drásticos que tuvieron lugar durante millones de años provocaron este fenómeno. Por otra parte, cuando uno que cree la Biblia observa tal evidencia entonces inmediatamente piensa en los grandes cambios que resultaron del diluvio mundial en el tiempo de Noé. Y así concluye que la evidencia no prueba que pasó más tiempo que el que indica la Biblia.

También hubo un tiempo en que casi todos los científicos creían que el mundo era plano. En aquel tiempo era una tontería creer que la tierra fuera redonda. Ellos razonaron así: “Si el mundo fuera redondo los hombres se caerían”. Los científicos en aquel tiempo opinaban que las evidencias demostraban que el mundo era plano. Su conclusión se contradecía con lo que aparece en Isaías 40.22 que habla del “círculo de la tierra”. Por lo tanto, ellos estaban errados.

La Biblia es siempre la verdad. No cede a las teorías que la contradicen. En lugar de dudar acerca de las verdades de la Biblia lo que debemos hacer es confiar en Dios. Él es el único testigo competente de las cosas que sucedieron aun antes que hubiera seres humanos para hacer sus observaciones. Nos gusta alabar el nombre del Señor y decir como el salmista: “Desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios” (Salmo 90.2).

La pregunta que no nos corresponde hacernos es: ¿Será cierto todo lo que dice la Biblia?

Por el contrario, la misma debiera ser: ¿Acaso somos fieles a su palabra aunque otros la contradigan?

B. SEÑORÍO DIVINO

La creación del mundo fue sólo el principio de la obra de Dios para el bienestar de sus criaturas. La historia de la creación es sólo una introducción al poder y la sabiduría del Creador.

Dios no solamente creó los cielos y la tierra, sino que también sostiene el universo en la palma de su mano. Él gobierna sobre todas las cosas según su sabiduría y voluntad divina, es quien dicta el destino de los hombres y las naciones y quien también mueve los cielos y la tierra a favor de sus criaturas y para el bienestar de ellas.

El gobernador supremo del universo

Dios es el gobernador supremo del universo. “Los ojos de Jehová están en todo lugar, mirando a los malos y a los buenos” (Proverbios 15.3). Ni siquiera un pájaro cae al suelo sin que él lo vea, y Dios hasta cuenta los cabellos de nuestra cabeza. Dios les ha concedido poder a los hombres, a los ángeles y aun al propio diablo que “como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar” (1 Pedro 5.8). Pero Dios ha puesto un límite en el poder de todas sus criaturas. Nosotros no podemos cruzar ese límite. Muchos creen que el hombre tiene capacidades sin límite y que sólo tiene que desarrollarlas. Pero la fragilidad del hombre y su total dependencia de Dios son tan manifiestas que no es necesario discutirlas. Podríamos pensar que el diablo es el “dios de este siglo” y señor de todos sus dominios. Sin embargo, él está sujeto a las limitaciones que Dios le ha puesto. Esto lo podemos apreciar en el primer capítulo de Job. El Creador reina sobre toda su creación. Él es quien creó todas las cosas, y todas sus criaturas están sujetas a su santa voluntad. Él es Señor de todos (Hechos 10.36).

El administrador de todo

Dios es el administrador de todo. La mano fuerte de Dios está presente en cada acontecimiento a través de los siglos.

1. Él manda a sus ángeles

Él los manda como “espíritus ministradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación” (Hebreos 1.14). Cristo, refiriéndose a los “pequeños” (Mateo 18.10), dice que “sus ángeles en los cielos ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos”. El salmista igualmente nos informa que “el ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen, y los defiende” (Salmo 34.7). En el fin, Dios enviará sus ángeles como segadores “y recogerán de su reino a todos los que sirven de tropiezo” (Mateo 13.39, 41). Ellos serán importantes mensajeros y ministros de Dios en el gran juicio venidero.

2. Él predomina en las debilidades del hombre

La gracia de Dios nunca se presentó al hombre con tanta claridad que cuando él impidió los esfuerzos de Satanás al proveer un Redentor para el rescate del hombre caído. El apóstol Pablo oró tres veces al Señor para que le quitara el aguijón en su carne, pero recibió la respuesta amorosa del Señor, “bástate mi gracia”, asegurándole que su oración le fue contestada con más sabiduría de lo que él había pensado. La promesa que “el Señor al que ama, disciplina”, nos recuerda que Dios, con un amor paternal, corrige a sus hijos. Esto concuerda con la seguridad de la promesa que “Dios (...) no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir” (1 Corintios 10.13) y que su otra promesa, “no te desampararé, ni te dejaré” (Hebreos 13.5) es segura y firme para siempre.

3. Él gobierna a las naciones

Tanto las naciones como los individuos están sujetos al poder de Dios. La historia de las naciones prueba que Dios juzga la iniquidad de cualquier nación a su debido tiempo. Él castigó a Egipto, a Babilonia y hasta a su propio pueblo Israel por sus pecados. El poder de Dios sobre las naciones se manifestó cuando sacó a Israel de la esclavitud de Egipto, cuando los entregó en manos del enemigo, cuando destruyó el ejército de Senaquerib, cuando arruinó el reino de Belsasar, cuando derrotó al ejército siríaco en manos de Eliseo y en muchas otras ocasiones. Aun en la actualidad la mano de Dios se puede ver en los asuntos de las naciones. Tanto las naciones como muchas personas a menudo no se someten a la voluntad de Dios. Es por ello que a algunos les parece que Dios no puede hacer nada, sino dejar que el diablo se aproveche de la situación. Pero con el paso del tiempo esto no probará la debilidad de Dios, sino su paciencia. El señorío de Dios se hace evidente en los castigos y en el poder de arruinar a toda una nación. Porque en el fin, “todas las naciones” (Mateo 25.32) llegarán al juicio, y la época presente terminará. En todas estas cosas el señorío y la mano gobernante de Dios están claramente visibles (Génesis 6; 11.1–9; 18.17–19.29; Éxodo 3.7–17; Josué 2.24; Jueces 2.11–23; 1 Samuel 15.1–23; 2 Reyes 17–19; Daniel 5).

4. Él gobierna los elementos

Dios gobierna la lluvia, la temperatura, el viento y las tormentas. Él contesta las oraciones de su pueblo en cuanto a estas cosas. Por ejemplo, Elías oró y la lluvia cesó. Oró otra vez y llovió en abundancia (1 Reyes 18; Santiago 5.17–18). Cuando Samuel oró hubo truenos en el tiempo de la mies y el pueblo tuvo miedo por esta manifestación del poder de Dios. En nuestros tiempos ha habido casos de gobernantes que atendiendo a las peticiones de los ciudadanos, han nombrado un día especial de oración dedicado a la lluvia. Varias veces ha llovido inmediatamente después de haber elevado estas fervientes peticiones a Dios. Sin embargo, algunas personas, aunque no dudan del poder de Dios, insisten en que los cambios del tiempo son gobernados por leyes fijas de la naturaleza misma. Pero, ¿quién estableció estas leyes fijas? ¿Acaso no puede el gobernador del universo, así como cualquier otro legislador terrenal, suspender, cambiar o aun revocar cualquier ley dentro de su poder? Debemos agradecer al Señor sea cual sea el estado del tiempo, porque sus leyes son perfectas y porque él ordena todas las cosas con sabiduría y para nuestro bien.

5. Él preserva su creación

Dios es el preservador de toda su creación. Esto se hace evidente en la declaración que aparece en Nehemías 9.6: “Tú solo eres Jehová; tú hiciste los cielos, y los cielos de los cielos, con todo su ejército, la tierra y todo lo que está en ella, los mares y todo lo que hay en ellos; y tú vivificas todas estas cosas, y los ejércitos de los cielos te adoran”. En las escrituras, Dios se muestra como el preservador de los fieles (Salmos 31.23; 97.10; 145.20; Proverbios 2.8). Además, él se muestra como el preservador de los hombres y de las bestias (Salmo 36.6). Los que confían en el Señor no tienen nada que temer. Él sostiene todas las cosas con su poder infinito y es leal a los suyos. Este poder y fidelidad se manifiestan por medio del Hijo, como se expresa en Hebreos 1.3: “El cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas”.

6. En sus manos está el destino de todas sus criaturas

El Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno conforme a sus obras (Mateo 16.27).

Dios es quien está sentado en su trono en la gloria, contemplando los pensamientos más íntimos y las intenciones de cada corazón humano. Cada ser humano algún día tendrá que comparecer ante él y dar cuenta de su mayordomía mientras estaba en el cuerpo (Hebreos 4.12; 2 Corintios 5.10).

Las leyes de Dios

Dios no gobierna arbitrariamente. Él gobierna con misericordia y justicia por medio de leyes que surgen de su propia naturaleza divina. Todas las cosas serán juzgadas según estas leyes. Todos somos gobernados aquí y también seremos juzgados por medio de las leyes de Dios. Jesús explicó, “la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero” (Juan 12.48). La justicia exacta y perfecta, y la misericordia, son posibles porque “Dios no hace acepción de personas” (Hechos 10.34).

Nuestro bienestar espiritual depende de si obedecemos o profanamos las leyes de Dios. “Todo lo que el hombre sembrare, eso también segará” (Gálatas 6.7). Si ahora guardamos las leyes de Dios entonces nos aseguramos que estaremos a su lado en la eternidad (Mateo 7.21–27).

Muchas naciones de la tierra han basado sus leyes en las leyes justas de Dios. La relación que existe entre las leyes de las naciones y las de Dios sugiere la idea que cuando el hombre busca la verdadera justicia entonces se remite a las leyes justas de Dios. La sabiduría de Dios se muestra en el hecho de que las naciones son más prósperas en la medida que éstas se acercan al modelo divino en sus leyes y en la administración de las mismas.

Lo que llamamos “las leyes de la naturaleza” son tan sólo las leyes que Dios ha creado para que gobiernen en esta creación. En cuanto a las leyes naturales, nosotros debemos considerar que Dios tiene poder, como cualquier legislador, de poner en vigor, suspender, modificar o revocar estas leyes. Cuando él suspende o modifica el funcionamiento de tales leyes (como a menudo hace para contestar nuestras oraciones) entonces a esto es a lo que llamamos un milagro. Ejemplos: El detenimiento del sol y la luna en los días de Josué; la sequía y la lluvia en los días de Elías; y la resurrección de Lázaro después que éste había estado muerto por cuatro días.

¿Acaso debemos asombrarnos de tales manifestaciones del poder de Dios? El mismo Dios que creó todas las cosas tiene poder para hacer con ellas lo que a él le plazca.


La trinidad

“Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mateo 28.19).

La palabra “trinidad” no aparece en la Biblia. Pero la doctrina de un Dios trino se ve claramente en la Biblia.

Hay dos cosas acerca de Dios que creemos con igual énfasis:

1. Hay un solo Dios.

2. Hay una trinidad de personalidades donde cada uno de los que la forman es Dios.

Estas dos realidades juntas justifican el título:

El Dios trino

1. Dios es uno

“Oye, Israel; el Señor nuestro Dios, el Señor uno es” (Marcos 12.29). Se escucha la voz de este mismo Dios en este versículo: “Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más” (Isaías 45.22). Si hay algo claro en estas dos declaraciones es que hay solamente un Dios; no tres dioses, ni muchos dioses, sino un Dios. La teoría de la pluralidad de dioses pertenece a la idolatría. La doctrina de la trinidad se tuerce cuando abandonamos la idea de la unidad de Dios. Hay solamente un Dios y fuera de él no hay ningún otro. “Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás” (Mateo 4.10).

2. Dios se manifiesta en tres personas

Sin embargo, este único Dios se manifiesta como tres personas distintas. En el bautismo de Jesús en el Río Jordán (Mateo 3) se nos presenta el Hijo, bautizado en el río; el Espíritu Santo, apareciendo en la forma corporal de una paloma; y el Padre, que dice desde el cielo: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia”.

La trinidad se hace evidente en lo que nuestro Señor dice: “Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas” (Juan 14.26).

Otra vez, la trinidad puede apreciarse en el mandamiento de bautizar “en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”.

La Biblia nos enseña que cada una de estas tres personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, es Dios. El unitario y el trinitario radical se niegan a reconocer que el Hijo y el Espíritu Santo son Dios mismo.

3. El Padre es Dios

Jesús reconoce que el Padre es Dios cuando él dice: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito” (Juan 3.16). Pedro también reconoce que Dios es el Padre cuando dice: “Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer” (1 Pedro 1.3). Pablo igualmente le da el mismo reconocimiento, diciendo: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación” (2 Corintios 1.3). Cada una de estas declaraciones dan al Padre la distinción de ser el Dios verdadero.

4. El Hijo es Dios

Isaías escribió: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado (...); y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz” (Isaías 9.6). Pablo, hablando del reconocimiento que el Padre dio a su Hijo, dice: “Mas del Hijo dice: Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo” (Hebreos 1.8). Lea también Juan 20.28, Romanos 9.5 y Tito 2.13. Estos versículos se refieren a Jesucristo como “Dios”. Además, otros pasajes bíblicos otorgan atributos divinos a Jesús.

5. El Espíritu Santo es Dios

Cuando Cristo mandó a los apóstoles a bautizar “en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”, él reconoció al Espíritu Santo como uno de igual importancia a él mismo y al Padre. Otro ejemplo de esto se encuentra en la manera en que Pedro habló a Ananías. Pedro preguntó a Ananías: “¿Por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo?” Y casi inmediatamente declaró: “no has mentido a los hombres, sino a Dios” (Hechos 5.3–4). De esta forma él dio a entender claramente que Dios y el Espíritu Santo son el mismo ser.

Las realidades que están relacionadas al carácter y la obra de cada una de las personas de la trinidad las explicaremos en los tres capítulos que aparecen a continuación.

La incomprensibilidad de la trinidad

Con relación a la incomprensibilidad de la trinidad hicimos una traducción de un texto escrito por el hermano J. S. Hartzler (Bible Doctrine, pp. 45–46) en el cual aparece lo siguiente:

A veces se disputa sobre el hecho de si es una contradicción decir “tres en uno y uno en tres”. Se dice que tal cosa no puede ser. Desde el punto de vista humano, puede que esto sea cierto, pero Dios no está sometido a las mismas leyes que él ha dado para gobernar a sus criaturas. Esto lo vemos reflejado en las innumerables cosas que Dios hace por sus criaturas, las cuales el hombre no puede hacer. Después de la resurrección de Cristo, él hizo cosas que a sus discípulos les fue imposible hacer, aunque para él fue algo bastante fácil (Lucas 24.31, 36, 51). De manera que por el hecho de que el hombre no comprenda la trinidad no demuestra que la misma sea una doctrina falsa. Si los caminos de Dios son “inescrutables” queda muy claro que su existencia también lo es....

¡Tú, bendito Dios! ¡Tú, Santa trinidad! Tú, que eres el Creador y Preservador de todas las cosas, el Rey de reyes y Señor de señores, el gobernador del cielo y de la tierra, el tres en uno y el uno en tres; que todo el mundo tema delante de ti, contemplando la “bondad y la severidad de Dios” (Romanos 11.22) aun en esta vida y que todos ofrezcan la gratitud de sus corazones como el sacrificio más aceptable a ti, Padre santo, Hijo santo, Espíritu Santo, Señor Dios Todopoderoso.


CAPÍTULO 4

Dios el padre

“Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios” (1 Juan 3.1).

Cuando decimos “Dios”, generalmente nos referimos a él en el sentido que incluye las tres personas de la Deidad. Ahora bien, cuando decimos “el Todopoderoso” o “el Altísimo” nos referimos principalmente a Dios el Padre.

Dios el Padre se nos manifiesta con más claridad en el Nuevo Testamento que en el Antiguo Testamento por el hecho de haber enviado a su Hijo al mundo. Jesús habló de su Padre y nos mostró a su Padre. Él y el Espíritu Santo glorifican al Padre. Así la prominencia dada a ellos en el Nuevo Testamento atrae nuestra atención hacia el Padre.

El carácter y la obra del Padre

Quizá en ningún otro lugar en la Biblia podemos ver tan claramente el carácter y la obra del Padre como en el Padrenuestro (Mateo 6.9–13). Por ello, estudiemos esta oración para considerar el significado de lo que dijo el Hijo acerca del Padre.

“Padre nuestro”: La relación entre un padre natural y su descendencia nos sirve de ejemplo en cuanto a la relación de nuestro Padre celestial con nosotros. La historia del padre que esperaba tiernamente al hijo pródigo y al fin le dio la bienvenida acogiéndolo nuevamente al seno de su familia o la historia de las lamentaciones de David al morirse su amado pero extraviado hijo, Absalón, nos dan una idea del amor infinito e indeciblemente tierno que nuestro Padre en los cielos tiene por nosotros.

Solamente los que han nacido de nuevo y han sido adoptados en la familia de Dios pueden invocar a Dios como “nuestro Padre”. Por supuesto, Dios es Padre de todos en el sentido natural porque él nos creó. Pero la humanidad caída lo ha rechazado. Por esto la esperanza de una salvación universal es falsa, pues no todos los humanos se arrepienten de sus pecados. Lea 2 Timoteo 3.13 y Lucas 18.8. Jesús dijo: “Vosotros sois de vuestro padre el diablo” (Juan 8.44). Tenemos que renacer antes que podamos tener a Dios como nuestro Padre espiritual.

“En los cielos”: Asociamos al nombre del Hijo con la tierra de Israel (porque allí anduvo él mientras estuvo físicamente en la tierra) y creamos por fe que el Espíritu Santo mora en los corazones de los creyentes en todas partes del mundo. Pero creemos que el Padre está en los cielos. Esa es su morada eterna. Fue desde esta morada que él habló en numerosas ocasiones a los patriarcas y a los profetas, y luego a su Hijo. Y cuando dirigimos nuestras peticiones a Dios sentimos reverencia porque asociamos al Padre con su hogar eterno. “Padre nuestro” siempre se asocia con “en los cielos”.

“Tu reino”: De este modo, el Hijo reconoce que el reino eterno pertenece al Padre. Ciertamente, el Hijo se representa a sí mismo como un noble que recibirá para sí un reino (Lucas 19.12–27), pero es el Padre quien le da a él este reino. Cuando nos acercamos al Padre sentimos que estamos en la presencia de un Rey grande, potente y eternamente glorioso.

“Tu voluntad”: La voluntad de Dios es suprema en el cielo, y debemos reconocerla de igual manera en la tierra. Mientras nuestro Salvador se encontraba en el Huerto de Getsemaní y mostraba su aflicción por medio de aquella oración hacia su Padre podemos ver que él limitó sus peticiones con “pero no sea como yo quiero, sino como tú” (Mateo 26.39). Si le damos al Padre el debido reconocimiento entonces estableceremos su voluntad como algo supremo en nuestras mentes, nuestras vidas y en nuestro servicio cristiano. El verdadero hijo de Dios no hace su propia voluntad, sino la del Padre.

“No nos metas en tentación”: El Padre nos guía por medio de Jesucristo y el Espíritu Santo. Mientras nuestra oración sincera a nuestro Padre sea que él nos guíe por caminos seguros entonces él nos guardará de todo peligro espiritual y no nos meterá en tentación.

“Perdónanos”: Todo pecado se comete contra él. De él buscamos el perdón.

“Líbranos”: Dios está dispuesto y es capaz no sólo de guiarnos con seguridad, sino también de librarnos del mal. Reconociendo cuán vulnerables somos en este mundo vano y hostil, lleno de trampas, engaños y tentadoras seducciones, nuestros corazones se elevan hacia Dios con gratitud y alabanza cuando pensamos en él como el gran Libertador de nuestras almas.

“Porque tuyo”: “…es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos.” Por tanto, oramos al Padre, en el nombre del Hijo, y por medio del Espíritu Santo.

La obra del Padre

Todo lo que Dios hace como el Todopoderoso, el Soberano, etc., se atribuye a Dios el Padre. De esta forma, la mayor parte de las cosas mencionadas en los capítulos anteriores pertenecen a la obra de Dios el Padre. Además de estas cosas añadiremos otras más que le son atribuidas a él en una manera especial.

1. Él es el gran Arquitecto del universo

Ciertamente, Hebreos 1 describe a Dios (el Padre) como tal: “Dios (…) nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas” (Hebreos 1.1–3). Él es el Monarca absoluto en todo el universo.

2. Él envió a su Hijo al mundo

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Juan 3.16–17). Jesús les preguntó a los judíos: “¿al que el Padre santificó y envió al mundo, vosotros decís: Tú blasfemas, porque dije: Hijo de Dios soy?” (Juan 10.36).

3. Él le dio su aprobación al Hijo y a lo que éste hizo

El Padre reconoció a su Hijo dos veces: La primera vez en su bautismo (Mateo 3.17) y la otra en el monte de la transfiguración (Mateo 17.5). Dios el Padre dijo: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia”.

4. Él envió al Espíritu Santo al mundo

Jesús dijo: “El Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre” (Juan 14.26). El Espíritu Santo vino, según había sido prometido, en el día de Pentecostés. (Lea Hechos 2.)

5. Él es nuestro Salvador

Este título también se atribuye al Hijo (Mateo 1.21; 2 Pedro 3.18). En realidad, no hay salvación en la cual el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no tengan parte. Pero nosotros a veces miramos tanto a Cristo como nuestro Salvador que se nos olvida que el Padre, así como el Hijo, es el Salvador del alma. Cristo dijo: “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere” (Juan 6.44). Muchas veces el Nuevo Testamento habla de como la salvación es de Dios sin mencionar específicamente al Hijo. Pablo presenta la obra del Padre y del Hijo cuando él dice que “la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6.23). La misma idea se expone en Juan 3.17; Romanos 8.30–32; Efesios 1.1–5; 2.5–10; 1 Tesalonicenses 5.9 y 1 Timoteo 2.3–4. Pablo dice: “porque esperamos en el Dios viviente, que es el Salvador de todos los hombres, mayormente de los que creen” (1 Timoteo 4.10). Al dar pleno reconocimiento al poder salvador del Dios trino, decimos como Pedro: “...guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación” (1 Pedro 1.5).

6. Él tiene parte en la santificación de los creyentes

Judas dirige su epístola a los “santificados en Dios Padre, y guardados en Jesucristo” (Judas l). Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo cada uno desempeña un papel distinto en esta obra. El Hijo oró al Padre a favor de sus discípulos: “Santifícalos en tu verdad” (Juan 17.17).

7. Él contesta las oraciones de su pueblo

“Para que todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, él os lo dé” (Juan 15.16). Son muchas las promesas de Dios de escuchar y contestar las oraciones que sus santos le ofrecen en el nombre de Jesús.

Los atributos del Padre

Los atributos de Dios el Padre son los mismos que fueron mencionados en el primer capítulo como los atributos de Dios. Todas estas cosas nos revelan al Padre: su poder infinito como el Gobernador supremo del universo; su sabiduría, su bondad y misericordia en su relación con los hombres pecadores; su amor maravilloso al enviar al mundo pecaminoso a su Hijo unigénito como Salvador y Redentor; su previsión al enviar al Espíritu Santo al mundo para convencer al mundo de pecado y para guiar a su pueblo a toda la verdad; su cuidado y protección sobre sus criaturas, proveyendo con paciencia para todas sus necesidades; su “bondad y severidad” que se demuestran perfectas en la justicia así como también en la misericordia; su aptitud y voluntad de escuchar y contestar cada petición de fe; su constancia en la verdad que dura por todas las generaciones; su palabra inmutable y su amor. El Padre merece toda nuestra confianza y alabanza, demanda nuestra obediencia y conmueve nuestros corazones con el reconocimiento de su abundante gracia, su grandeza infinita y su gloria eterna.

CAPÍTULO 5

Dios el Hijo

“Mas del Hijo dice: Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo; cetro de equidad es el cetro de tu reino” (Hebreos 1.8).

La naturaleza y la obra del Hijo de Dios se observan claramente en la introducción al evangelio de Juan: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios (...) Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres (...) Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Juan 1.1–14). Esta escritura nos muestra que el Verbo, que era Dios, fue hecho carne, es decir, hombre. Así el Hijo de Dios es también Hijo del hombre.

Hijo de Dios e Hijo del Hombre

Cristo fue el Hijo del Hombre; nació de una virgen. También era Hijo de Dios; fue concebido por el Espíritu Santo. A los doce años ya él estaba en los “negocios de [su] Padre [Dios]” (Lucas 2.49) y a la vez estaba sujeto a José y María (Lucas 2.51). El Hijo de Dios llegó a ser el Hijo del Hombre “para que el mundo [fuera] salvo por él” (Juan 3.17).

1. El Hijo del Hombre

La humanidad del Hijo es evidente:

· Él era hijo de una madre humana (Mateo 1.18; 2.11)

· Él creció como otros niños (Lucas 2.40)

· Él tuvo un cuerpo humano y comió, bebió y durmió (Lucas 24.39)

· Él fue reconocido como judío (Juan 4.9)

· Él fue tentado exactamente como lo somos nosotros (Hebreos 4.15)

Jesús era un hombre perfecto en dos sentidos:

1. Él tuvo un cuerpo completamente humano. “No [había] parecer en él, ni hermosura” (Isaías 53.2). Las personas que lo conocieron lo reconocieron como hombre.

2. Él fue tentado como cualquier otro ser humano, sin embargo, permaneció “sin pecado”. Él fue el único ser humano que soportó esta prueba a la perfección.

2. El Hijo de Dios

La deidad del Hijo es evidente:

· Él era el Hijo del Dios viviente, siendo concebido por el Espíritu Santo (Mateo 1.18)

· Nació de una virgen (Isaías 7.14)

· Tuvo un poder sobrenatural. Sanó muchas enfermedades incurables, calmó tormentas y hasta resucitó a los muertos.

· La Biblia le otorga muchos nombres que sólo pertenecen a la Deidad.

En las escrituras muchas veces se reconoce a Cristo como el Hijo de Dios. Su divinidad es claramente reconocida por:

· El ángel: “El Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios” (Lucas 1.35).

· Juan el Bautista: “Éste es el Hijo de Dios” (Juan 1.34).

· Natanael: “Tú eres el Hijo de Dios” (Juan 1.49).

· Los demonios: “¿Qué tienes con nosotros, Jesús, Hijo de Dios?” (Mateo 8.29).

· Los discípulos: “Verdaderamente eres Hijo de Dios” (Mateo 14.33).

· Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mateo 16.16).

· El Padre: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd” (Mateo 17.5).

· El centurión: “Verdaderamente éste era Hijo de Dios” (Mateo 27.54).

· El eunuco etíope: “Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios” (Hechos 8.37).

· Pablo: “Predicaba a Cristo en las sinagogas, diciendo que éste era el Hijo de Dios” (Hechos 9.20).

· Cristo mismo:El Hijo de Dios, el que tiene ojos como llama de fuego (…) dice esto” (Apocalipsis 2.18).

¿Por qué vino el Hijo de Dios a este mundo?

Cristo vino al mundo

1. Como nuestro Salvador

Cristo “vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” y a salvar “a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1.2l). Vino “para redimirnos de toda iniquidad” (Tito 2.14). Por eso lo conocemos como “el Salvador de todos los hombres, mayormente de los que creen” (1 Timoteo 4.10). Puesto que él dio “su vida en rescate por muchos” (Mateo 20.28), con gozo lo reconocemos como “nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 Pedro 3.18).

2. Como nuestro ejemplo

Cristo hizo más que salvarnos. Él nos mostró cómo vivir y también nos mostró cómo morir. Una vez él les dijo a sus discípulos: “Ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis” (Juan 13.15). Pedro nos dice que Cristo nos dejó el ejemplo para que “[sigamos] sus pisadas” (1 Pedro 2.21). Cristo fue “tentado en todo según nuestra semejanza”, pero se mantuvo sin pecado, dándonos un ejemplo práctico de cómo vencer al tentador (Mateo 4.1–11). Él nos dio el ejemplo perfecto para vivir una vida sin mancha, una vida haciendo el bien a los demás, una vida de oración, de abnegación, humillándose y compadeciéndose de los demás mientras él mismo sufría teniendo una comunión diaria con el Padre y obedeciendo perfectamente la voluntad de su Padre. Cristo se mostró como nuestro ejemplo perfecto en éstas y en muchas otras cosas. Aun los pastores, que por supuesto deben ser ejemplos al rebaño, no deben olvidarse de decir como Pablo: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1 Corintios 11.1).

3. Como nuestro profeta del Nuevo Testamento

Moisés profetizó que “profeta os levantará el Señor vuestro Dios de entre vuestros hermanos, como a mí” (Hechos 7.37). Moisés jugó un papel semejante al de Cristo. Moisés era líder y salvador de su pueblo; Dios lo escogió para dar la ley y ser mediador entre Dios y el pueblo. “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo” (Hebreos 1.1–2). Cuando a Juan, el precursor de Cristo, le preguntaron: “¿Eres tú el profeta?” (Juan 1.21), él respondió inmediatamente: “No”. La madre de Cristo dijo: “Haced todo lo que os dijere” (Juan 2.5). El Padre dijo desde los cielos: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd” (Mateo 17.5). El escritor inspirado dijo: “Mirad que no desechéis al que habla” (Hebreos 12.25). El mensaje de este profeta del Nuevo Testamento no es meramente un mensaje de autoridad, sino que también es un mensaje “lleno de gracia y de verdad”.

4. Como nuestro Señor

Cristo declaró su señorío con estas palabras: “Vosotros me llamáis Maestro, y Señor; y decís bien, porque lo soy” (Juan 13.13). Después de predicar el Sermón del Monte, la gente “se admiraba de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad” (Mateo 7.28–29). Su declaración, “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra” (Mateo 28.8), muestra que recibió su autoridad de Dios Padre. El señorío de Cristo se manifiesta en que selló el pacto de la salvación eterna con su propia sangre, estableció la iglesia y es la cabeza de ella, tiene las llaves de la muerte y del Hades, ascendió majestuosamente a la gloria y mandó al Espíritu Santo.

5. Como nuestro Mediador

Después de su resurrección Jesús ascendió a la gloria, a la diestra de Dios. Cuando mataban a Esteban, él vio a Cristo allí a la diestra de Dios (Hechos 7.56). Cristo conoce nuestras pruebas y debilidades e intercede por nosotros (Hebreos 7.25). Él es nuestro representante y abogado delante del trono de Dios. Tenemos la consolación que “si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo” (1 Juan 2.l).

6. Como nuestro Rey

El hecho de que el Mesías iba a ser rey fue escrito tan claramente en las profecías del Antiguo Testamento que cuando Cristo vino a la tierra los magos vinieron del oriente, diciendo: “¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido?” (Mateo 2.2). Cuando Pilato le preguntó a Cristo, “¿Eres tú el Rey de los judíos?”, Cristo le respondió: “Tú lo dices” (Mateo 27.11). Su respuesta equivale a decir: “Sí, lo soy”. De esta manera él afirmó su majestad que fue predicha por el profeta: “Y Jehová será rey sobre toda la tierra” (Zacarías 14.9). Cristo se refirió muchas veces a su reino.

7. Como nuestro novio

Jesús vino a la tierra a preparar una novia digna para sí mismo. Él volvió al cielo y está allí preparando moradas en las cuales habitará eternamente con su esposa, la iglesia. Mientras tanto, su iglesia está preparándose para ir con él cuando venga. Los que no estén preparados enfrentarán su juicio (lea 2 Tesalonicenses 1.7–9). ¡Que viva el Rey eterno, nuestro Salvador y Señor, nuestro Rescate y Redentor, nuestro Hermano mayor, por cuyo sacrificio, sufrimiento e intercesión tenemos el privilegio, sin precio, de reinar con él “por los siglos de los siglos”! (Apocalipsis 22.5).

Los atributos y las obras del Hijo

Los atributos del Hijo son los mismos que los atributos de Dios Padre que mencionamos en el capítulo 1. El hecho de que el Hijo existió antes de nacer de María se confirma en Juan 1.1. Y él mismo declaró: “Antes que Abraham fuese, yo soy” (Juan 8.58). Él es omnipotente (Mateo 28.18; Hebreos 2.8); sabe todas las cosas (Juan 16.30; Colosenses 2.3); está presente en todas partes (Salmo 139.7–12) y es inmutable (Hebreos 13.8). En realidad, “en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad” (Colosenses 2.9). Estas características del Hijo nos ayudan a entender sus obras.

1. Él tuvo parte en la creación

“Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Juan 1.3).

2. Él trae vida y luz al mundo

“Porque como el Padre levanta a los muertos, y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida” (Juan 5.21). “En Cristo Jesús yo os engendré por medio del evangelio” (1 Corintios 4.15).

Cristo, la “luz (...) del mundo” (Juan 9.5), concede esta característica a sus discípulos, diciendo: “Vosotros sois la luz del mundo” (Mateo 5.14). (Lea Juan 1.1–9.)

3. Él es el Autor de nuestra salvación eterna

“Y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen” (Hebreos 5.9).

4. Él edifica a la iglesia

“Sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mateo 16.18).

De esta forma, él es la cabeza (Colosenses 1.18); la puerta (Juan 10.9); la principal piedra del ángulo (Efesios 2.20); el fundamento (1 Corintios 3.11) y el buen pastor (Juan 10.11). Él hace que la iglesia crezca y sea segura, constante y digna de la recompensa de Dios el Padre.

5. Él sustenta todas las cosas

“El cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas” (Hebreos 1.3).

El universo no puede sostenerse por sí mismo. El poder de Cristo sujeta todas las cosas.

6. Él perdona los pecados

“Y a ella le dijo: Tus pecados te son perdonados” (Lucas 7.48).

En el gran corazón perdonador de Cristo hay poder y un deseo constante de perdonar los pecados. De su corazón sale un llamado que nos suplica que sigamos sus pasos en cuanto a perdonar.

7. Él santifica al creyente

“Porque si la sangre de los toros y de los machos cabríos, y las cenizas de la becerra rociadas a los inmundos, santifican para la purificación de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?” (Hebreos 9.13–14). “En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre. (...) Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados” (Hebreos 10.10, 14).

8. Él nos reconcilia con Dios

“Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados” (1 Pedro 2.24). “Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación” (Romanos 5.11).

9. Él es nuestro abogado ante el trono de Dios

“Y si alguno hubiera pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo” (1 Juan 2.1).

(Lea también Hebreos 7.25.)

10. Él juzgará al mundo en justicia

“Por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos” (Hechos 17.31). “Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo” (2 Corintios 5.10). “Cuando se manifieste el Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder, en llama de fuego, para dar retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo” (2 Tesalonicenses 1.7–8).

11. Él vendrá a llevar a su pueblo para que esté con él para siempre

Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él (...) Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor (1 Tesalonicenses 4.14–17).

CAPÍTULO 6

Dios el Espíritu Santo

“Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Juan 14.26).

El Espíritu Santo, así como el Hijo de Dios, existía eternamente antes que viniera al mundo. El escritor inspirado apenas había empezado su descripción de la creación cuando nos informó que “el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas” (Génesis 1.2). El Antiguo Testamento se refiere al Espíritu Santo repetidas veces, pero no lo vemos tan claramente sino hasta que llegamos al Nuevo Testamento. Consideremos esto al examinar algunas evidencias bíblicas de su personalidad divina.

La personalidad del Espíritu Santo

Cristo se refiere al Espíritu Santo como “otro Consolador” (Juan 14.16). Pero es evidente que este Consolador no sólo es una influencia consoladora, pues Cristo dijo: “Cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad” (Juan 16.13). El Espíritu Santo, siendo Dios mismo (Hechos 5.3–4), nos guía a la verdad. También él enseña (Juan 14.26) y da testimonio de la verdad (Juan 15.26) como parte de las obras que muestran su personalidad.

Las obras del Espíritu Santo

1. Él inspiró las escrituras

“Los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 Pedro 1.21). La Biblia entera fue dada por inspiración de Dios (2 Timoteo 3.16). Dios derramó su Espíritu en las almas de los hombres que fueron elegidos para escribir la Biblia, dándonos así la revelación divina.

2. Él regenera al creyente

Como Jesús fue engendrado por el Espíritu Santo, así también tiene que ser cada hijo de Dios que será heredero del reino del cielo. Nacidos “del Espíritu” (Juan 3.5), es la manera en que Jesús describe la relación entre el Espíritu Santo y los hijos de Dios. “El Espíritu es el que da vida” (Juan 6.63). El Espíritu Santo, quien obró juntamente con el Padre y el Hijo en la creación (Génesis 1.1–3), todavía está obrando, trayendo vida a los muertos y transformando al vil pecador en un “nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Efesios 4.24).

3. Él mora en el creyente

Si usted es un hijo de Dios su “cuerpo es templo del Espíritu Santo” (1 Corintios 6.19). En el día de Pentecostés los discípulos fueron “todos llenos del Espíritu Santo” (Hechos 2.4). En otras ocasiones el libro de los Hechos dice como los creyentes estuvieron llenos del Espíritu Santo. Pablo escribió a los corintios: “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” (1 Corintios 3.16).

4. Él llena el corazón del creyente con el amor de Dios

“Y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado” (Romanos 5.5). Juan escribe acerca de este amor diciendo: “el perfecto amor echa fuera el temor” (1 Juan 4.18).

5. Él convence al mundo de pecado

“Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio” (Juan 16.8). El pecador bajo convicción simplemente siente el poder convencedor del Espíritu Santo que le muestra la realidad de su condición. Dios ha provisto dos cosas para traer a los pecadores al arrepentimiento: (1) el Espíritu Santo que convence a la persona de su condición pecaminosa y (2) la conciencia, con sus normas morales, que el Espíritu Santo usa para constreñir a la persona a rendirse a Cristo. Cuando el Espíritu de Dios deja de contender con los hombres rebeldes (Génesis 6.3) es evidencia de que el pecador endurecido tiene “cauterizada” o quemada su conciencia (1 Timoteo 4.2).

6. Él dirige a su pueblo

El Espíritu Santo dirigió a Felipe a dirigirse al sur (Hechos 8). Allí se puso en contacto con el eunuco etíope. El Espíritu Santo dirigió a la iglesia de Antioquía para apartar a Bernabé y a Saulo como misioneros a los gentiles (Hechos 13). El Espíritu Santo le impidió a Pablo y a sus colaboradores que predicaran en Asia (Hechos 16). El Espíritu Santo guiará y dirigirá a los que andan “en el Espíritu” todo el tiempo. Normalmente él no nos habla en una voz audible, sino que nos recuerda acerca de la verdad que ya sabemos. Los puntos que aparecen a continuación nos muestran igualmente cómo el Espíritu Santo nos dirige.

7. Él testifica del Hijo y guía a los creyentes a toda la verdad

“Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí” (Juan 15.26). “Él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Juan 14.26). “Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir” (Juan 16.13). La unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, juntamente con el evangelio de Cristo Jesús, se observa claramente en estos versículos. Hay personas que dicen que han recibido “revelaciones del Espíritu Santo”, las cuales enseñan cosas distintas de lo que enseña la palabra de Dios. Tales pretensiones contradicen los versículos que acabamos de citar. La palabra de Dios y el Espíritu Santo concuerdan en todo, porque Dios no puede contradecirse a sí mismo.

8. Él le da al creyente un discernimiento espiritual de la Biblia

Los mismos apóstoles no comprendieron todas las enseñanzas de Jesús acerca de su muerte y resurrección. Ellos estaban confusos aun después que Cristo resucitó de los muertos, y algunos dudaron hasta en el mismo momento de su ascensión (Mateo 28.17). Ellos mismos, después que habían recibido al Espíritu Santo en el día de Pentecostés, entendieron y declararon las escrituras con gran claridad. Cuando el Espíritu de Dios ilumina el corazón del hombre, la palabra de Dios se convierte en un mensaje claro.

9. Él confirma a los hijos de Dios

“El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios” (Romanos 8.16). “El que cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en sí mismo” (1 Juan 5.10). El fruto del Espíritu da testimonio que el Espíritu Santo mora en la persona (Gálatas 5.22–23).

10. Él tiene parte en la santificación del creyente

Los hijos de Dios son santificados “por el Espíritu Santo” (Romanos 15.16). “Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis” (Gálatas 5.16–17). El Espíritu Santo nos libra del dominio de la carne.

11. Él comisiona a los creyentes para el servicio

Cristo dijo a sus discípulos que debían quedarse en la ciudad de Jerusalén hasta que fueran investidos con poder desde lo alto (Lucas 24.49). Este poder vino el día de Pentecostés cuando todos fueron llenos del Espíritu Santo y tres mil almas se convirtieron y fueron bautizadas. Como evidencia del poder del Espíritu Santo en la persona note el servicio eficaz de los que son completamente consagrados y que sirven con el poder del Espíritu Santo. Los hombres comunes que se consagran a Cristo son más útiles al Señor que los de más talentos naturales, pero de menos consagración. El poder que proviene de la inteligencia, las habilidades o la personalidad puede ser beneficioso, pero no se compara con el poder del Espíritu Santo en la vida del cristiano que sirve a Dios. Es imposible vivir una vida victoriosa y ganar almas para el Todopoderoso sin el poder del Espíritu Santo.

Emblemas o símbolos del Espíritu Santo

Podemos conocer más acerca de la naturaleza del Espíritu Santo y apreciar más su obra cuando notamos sus símbolos que están presentes en la palabra de Dios. A continuación notemos algunos de estos símbolos:

· Agua (Juan 7.38–39). Este símbolo nos da la idea que el Espíritu Santo refresca, da vigor y limpia el corazón humano. El cristiano lo recibe libremente y lo puede tener en abundancia.

· Fuego (Hechos 2.3). El fuego nos da la idea de que el Espíritu Santo ilumina, purifica, calienta, penetra y escudriña “lo profundo de Dios” (1 Corintios 2.9–10).

· Viento (Hechos 2.2–4). El viento simboliza el gran poder del Espíritu Santo. Este poder se manifiesta en la restauración de la vida y del servicio. (Lea Ezequiel 37.9–14.)

· Una paloma (Mateo 3.16). Cuando leemos que el Espíritu Santo descendió como una paloma sobre la cabeza de nuestro bendito Señor entonces pensamos en el carácter luminoso, pacífico y manso del Espíritu Santo. Él no grita en las calles, sino más bien habla al corazón con una voz apacible y delicada, pero eficaz.

· Lenguas repartidas (Hechos 2.2–11). Esto nos hace recordar que el Espíritu Santo habla en lenguas para que todo pueblo en toda región o época pueda entender, con tal que tengan fe en Dios y en nuestro Señor Jesucristo.

Estos símbolos aclaran la personalidad del Espíritu Santo a los que escuchan su voz y lo reciben como el Espíritu del Dios viviente. Estos símbolos también nos muestran las características de la gente en quien mora el Espíritu Santo.

A quién es dado el Espíritu Santo

La Biblia dice que el Espíritu de Dios es dado:

· “A los que se lo pidan” (Lucas 11.13)

· “A los que le obedecen” (Hechos 5.32)

· A los creyentes arrepentidos (Hechos 2.38)

· A los que reciben a Cristo (Gálatas 3.5,14)

Aunque Dios da su Espíritu Santo de forma gratuita y de buena gana, existen requisitos que el hombre tiene que cumplir para poder recibirlo, de manera que sin éstos no lo puede tener. Simón el hechicero estuvo dispuesto a pagar dinero para recibir el poder del Espíritu Santo, pero Pedro lo reprendió en ese momento diciéndole que su corazón no era recto con Dios. Pedro le dijo que estaba “en hiel de amargura y en prisión de maldad” (Hechos 8.23). Dios desea ordenar la casa para que sea la morada del Espíritu Santo, pero el hombre tiene que rendir su casa a Dios antes que él pueda limpiarla (Romanos 12.1–2).

En pocas palabras, si cumplimos las condiciones de la salvación también recibiremos el don del Espíritu Santo (Hechos 2.38).

El fruto del Espíritu Santo

Quizá la obra más visible del Espíritu Santo es su fruto en la vida diaria de la persona. Esto se ve claramente en el gran contraste que encontramos en Gálatas 5.19–23. Primeramente se nos presenta una lista de “las obras de la carne”, y Pablo dice que “los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios”. Luego se nos da una lista del fruto del Espíritu Santo. Y se nos informa que “contra tales cosas no hay ley”. Aquellos en quienes mora el Espíritu de Dios muestran el siguiente fruto en su vida cristiana:

1. Amor: “En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios” (1 Juan 3.10).

2. Gozo: “Y los discípulos estaban llenos de gozo y del Espíritu Santo” (Hechos 13.52).

3. Paz: “Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones” (Filipenses 4.7).

4. Paciencia: “Soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor” (Efesios 4.2).

5. Benignidad: “Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos” (Efesios 4.32).

6. Bondad: “Vosotros mismos estáis llenos de bondad” (Romanos 15.14).

7. Fe: “Esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe” (1 Juan 5.4).

8. Mansedumbre: “Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad” (Mateo 5.5).

9. Templanza: “Todo aquel que lucha, de todo se abstiene” (1 Corintios 9.25).

Según la Biblia, cualquiera que manifiesta el fruto perfecto del Espíritu Santo en su vida tiene el Consolador.