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martes, 25 de noviembre de 2008

¿A quién queremos agradar?

Muchas veces, cuando tratamos de comunicar el mensaje dado por Cristo para la humanidad nos encontraremos con toda clase de opositores.

Jesús se enfrentó a ellos cara a cara. Los miró directamente a sus ojos y les dijo la verdad.

Hoy día, existe diversidad de "ministerios" que en ves de pregonar la verdad, buscan suavizar el contenido de sus palabras. Buscan endulzar sus mensajes para que todo el mundo les brinde aplausos y reconocimientos.

Jesucristo no era de esos. Cuando Jesús hablaba la verdad del Padre algunos se herían (Mateo 15:11-13). Sin embargo, Jesús no era un endeble hombre buscando halagar con palabras positivas. El no vino a acariciar oídos, vino a llamar arrepentimiento, a buscar frutos de verdad para Dios.

Cuando un ministerio pretende ser más santo que Cristo, es decir, agradar a todo el mundo por medio de palabras adornadas, es el momento cuando deben reconocer su desviación.

Cristo predicaba y sus opositores buscaban causa contra él (Marcos 14:1). Esto significa que Cristo no vino a la tierra a traer mensajes motivadores, halagadores, o abonar a los deseos de la gente, sino que vino a proclamar la salvación por medio del arrepentimiento genuino.

A veces cuando nos hacemos eco de la palabra de Jesús esto puede resultar en que la gente se sientan aludidos y busquen la manera de querer hacernos mal (Marcos 12:12).

Increíblemente, eran los religiosos los primeros que tenían esas intenciones. Los religiosos del tiempo de Cristo y de ahora tiene su milicia terrenal. Ellos habían creado una falsa religiosidad y una guardia para amedrentar.

Hoy día sucede lo mismo. La falsa religiosidad tiende a chocar con la verdad de Cristo. Frente a este cuadro, ¿a quién queremos agradar? ¿A la corriente del mundo? Los intereses materialistas, carnales, adornados y vanos o hacer la voluntad de Dios.

No he visto ejemplo en la Biblia de profetas y siervos de Dios débiles o dejándose arrastrar por las opiniones de la gente de eminencia. Sino pregonando el mensaje dado por Cristo.

Que cada palabra que hablemos se rinda a los intereses de la verdad de Cristo y no a los intereses del que quiere oir solo cosas egoístas que no transforman vidas para salvación.