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sábado, 21 de enero de 2012

Dios: más importante que todo ¿lo reconoces?

En el libro de Los Hechos de los Apóstoles se narra la realidad histórica del nacimiento de la iglesia y se muestra una ilustración de las experiencias que marcaron el destino de los primeros evangelizadores en el mundo lo cual sirve de modelo para la verdadera iglesia hoy. Se nos dice que el mensaje dado por Dios es un mensaje de autoridad sobre el pecado, sobre el mundo, sobre las huestes espirituales de maldad y tiene el poder de sacar a los hombres del infierno en cual viven y llevarlos a ser hijos de Dios y herederos del cielo. De la misma manera se nos dice que el enemigo de las almas lleva una guerra contra Dios y contra su pueblo sirviendo de obstáculo y oposición para impedir que las almas sean salvas. La historia de Saulo de Tarso el perseguidor es una muestra de esto, cuando respiraba amenazas contra la iglesia e identificaba las casas de los cristianos y obtenía el permiso del poder político y religioso para invadir la privacidad de los cristianos y asolar sus hogares y arrastrar a las cárceles a los hijos de Dios y someterlos a vituperios y tribulaciones. Vemos desde un principio que el seguirle a Cristo de una forma fiel nos pone en confrontación con un mundo perverso y lleno de mucha maldad. No se trata de la mera persecución de un mero individuo como Saulo de Tarso, sino de un sistema completo dominado por la maldad. Posteriormente, Saulo de Tarso tuvo un encuentro sobrenatural con el Cristo resucitado, y pasaría de ser de perseguidor a perseguido por amor a Cristo.

Saulo, ya convertido en Pablo, se convertiría en un ejemplo de lo que es ser fiel a Cristo e ir más allá por el amor a su llamado. Dice:


“De los judíos cinco veces he recibido cuarenta azotes menos uno. Tres veces he sido azotado con varas; una vez apedreado; tres veces he padecido naufragio; una noche y un día he estado como náufrago en alta mar; en caminos muchas veces; en peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi nación, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos; en trabajo y fatiga, en muchos desvelos, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y en desnudez; y además de otras cosas, lo que sobre mí se agolpa cada día, la preocupación por todas las iglesias. ¿Quién enferma, y yo no enfermo? ¿A quién se le hace tropezar, y yo no me indigno? Si es necesario gloriarse, me gloriaré en lo que es de mi debilidad. El Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien es bendito por los siglos, sabe que no miento. En Damasco, el gobernador de la provincia del rey Aretas guardaba la ciudad de los damascenos para prenderme; y fui descolgado del muro en un canasto por una ventana, y escapé de sus manos.” (II Corintios 11:24-33)

Amar a Cristo y serle fiel tiene una herencia eterna, pero a la vez pone a prueba nuestra fidelidad en un mundo contradictor. Dice:


“Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros.” (Mateo 5:10-12)


Tomemos por ejemplo esas cárceles, los azotes, la persecución, la conspiración, la difamación, la murmuración, incluso la misma muerte a la que sometieron a muchos cristianos de ayer y de hoy, como una muestra del precio que tenemos que pagar por amor a Cristo. En el libro de Hebreos se nos dice que por medio de la fe, los creyentes lograron muchas victorias, pero a la misma vez se nos dice que por la misma fe también fueron sujetos a muchas tribulaciones logrando vencer a la misma muerte y el sufrimiento:

“Otros experimentaron vituperios y azotes, y a más de esto prisiones y cárceles. Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados; de los cuales el mundo no era digno; errando por los desiertos, por los montes, por las cuevas y por las cavernas de la tierra.” (Hebreos 11:36-38)

Para muchos hoy, al escuchar a diversos halagadores de palabra en los medios de comunicación, la fe pudiera representar un mundo ideal, una falsa utopía placentera donde se vive a toda comodidad, placer, deleites, abundancia, riquezas, aplauso del mundo, admiración y compañerismo de los mundanos y la iglesia, incluso generando millones de dólares predicándole a la gente mensajes positivos, halagüeños, y toda clase de cosas bonitas y agradables que le susurren a la gente lo que la gente quiere escuchar y en respuesta el mundo engañado les retribuya en dinero el pago por crearles ese mundo perfecto aquí en la tierra, sin embargo, Jesús nunca trajo un mensaje para dar comodidad ni riquezas materiales a la gente, sino que su propósito fue salvarlos, redimirlo, y hacerlos ciudadanos del cielo, aunque para lograrlo, en su fe, les costara entregar sus vidas en martirio. Dijo:

“Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará. Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma? Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno conforme a sus obras. De cierto os digo que hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte, hasta que hayan visto al Hijo del Hombre viniendo en su reino.” (Mateo 16:24-28)

¿Dónde está puesto tu tesoro? ¿En la comodidad? ¿En la abundancia? ¿En tu libertad? ¿En la salud tuya y la de tu familia? O tu confianza y seguridad está puesta en Dios de tal forma que Dios es lo verdaderamente importante sobre todas las cosas. Cuando vengan los tiempos de persecución los frutos se dejarán ver. Hay un precio a pagar por hacer la voluntad de Dios, en muchos casos, se pone a prueba nuestra fe y se nos exige la entrega de nuestra propia vida en martirio. ¿Qué harás? ¿Te mantendrás en tu fe o claudicarás? Dice:

“El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará.” (Mateo 10:37-39)

Vivimos en un mundo el cual tiende a crear una mentalidad engañosa en torno a lo que es la prosperidad y se encarga de entontecer al ser humano por medio de una falsa esperanza basada en deleites temporeros. Dios nos dice en su Palabra que la confianza del ser humano debe estar puesta en Dios y en su reino eterno, pues esta vida presente tiene su final, en cambio él ofrece una vida eternal que no puede ser puesta en un segundo plano por esta vida de corrupción que se puede vivir en la carne. ¿Es Dios lo más importante en nuestra vida? Recuerda:

“No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.” (Mateo 6:19-21)


Jesucristo fue el primero en entregar su vida por salvarte a ti de una eternidad en el infierno ¿darías tu vida por Jesucristo cuando venga la persecución?