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domingo, 7 de diciembre de 2008

Jesucristo nos lleva al cielo, pero el ecumenismo y el sincretismo al mismo infierno

¿Hay muchos caminos al cielo? ¿Todas las religiones hablan de lo mismo?

Mucha gente tiende a juzgar de "fanáticos" a aquellos que predican la exclusividad de salvación del evangelio de Jesucristo. Jesucristo dijo: "Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mi". Estas palabras parecen ser ignoradas por aquellos que predican que todos los caminos religiosos conducen al hombre a Dios.

Ellos dicen "todas las religiones son buenas" sin importar si es budismo, confucionismo, catolicismo, etc. Predican una clase de sincretismo religioso donde Dios se tiene que moldear a las ideas o percepciones de la gente en ves de ellos moldearse a la Palabra y los mandamientos de Dios.

Muchos dicen, "no es un evangelio de amor aquel que predica que solo Jesucristo salva ya que uno esta rechazando las ideas de otros para imponer las de uno", "practicar amor es permitir que todos crean lo que quieran..."

Esa clase de amor que predica la gente es hipocrecía en su máxima expresión. Primero, porque los que hemos conocido a Jesucristo tal cual es, sabemos que no hay varios caminos al cielo sino solo uno, Jesucristo. Segundo, porque tenemos tal conocimiento de Dios y su Palabra es que insistimos en amor a la gente para que se arrepienta, se torne a Dios y no peresca en el infierno. Hoy día, existe el único camino a Dios donde los religiosos de todas las naciones sea quien sea pueden arrepentirse de sus maldades y tornarse a obedecer a Dios. Dios no hace acepsión de personas. Por lo tanto, un judío, un confucionista, un budista etc pueden arrepentirse y comenzar a guardar la palabra de Dios. En ves de querer imponer sus religiones lo que deben hacer es salir del mundo y sus filosofias vanas y entregarse a la obediencia a Jesucristo.

Existe un solo camino abierto. Jesucristo quien vino por medio de los judios es el camino a la salvación. Los que seguimos a Jesucristo somos llamados cristianos porque seguimos al único que afirmó ser el camino, la verdad y la vida.

Mientras que el mundo tiene filosofias, religiones, ideas. Todas se basan en figuras de hombres cuyos cuerpos estan en la tumba.

Solo el cristianismo ofrece garantía de vida eterna con la tumba vacía de su fundador. El Jesucristo histórico sigue invitando al arrepentimiento.

¿Qué de los que no creen en Dios y optan por el ateísmo?

Tanto el creyente así como el ateo tendrán su día de ver cara a cara a Dios al pasar de esta tierra. El que una persona crea o no crea en Dios no le eximirá de rendir cuentas a aquel de quien depende nuestro destino.

El siguiente estudio muestra uno de los aspectos de nuestra salvación en Jesucristo. El aspecto de la redención:

DOCTRINA DE LA BIBLIA

CAPÍTULO 25

La redención

“En quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia” (Efesios 1.7).

La palabra redimir significa “rescatar, librar y comprar de nuevo” (Levítico 25.25–27; 1 Corintios 6.20; 7.23). Como algo empeñado puede ser redimido pagando la suma requerida de dinero, así el hombre, perdido en pecado y sin esperanza, por la gracia de Dios ha sido redimido por la sangre del Cordero.

En el Antiguo Testamento Dios dijo a los israelitas que los primogénitos machos le pertenecían a él. Pero les dio la oportunidad de redimir algunos de los mismos. Por ejemplo, ellos pudieron “comprar” de Dios un asno que era primogénito para utilizarlo en un sacrificio a cambio de sacrificarle (pagarle) un cordero. Así el precio de la redención del asno era un cordero (Éxodo 13.11–13). Como el asno podía ser redimido si el dueño daba un cordero suyo a Dios, así el hombre perdido en pecado fue redimido cuando Dios ofreció su Cordero en la cruz. Para redimir al hombre caído (comprarlo de nuevo para sí), Dios tuvo que dar a su Hijo unigénito.

En el capítulo anterior vimos la obra de Cristo al expiar nuestro pecado para reconciliarnos con Dios. Su sangre vertida pagó el precio de nuestra redención. El hombre salvado ya es posesión de Dios y adquirido por la sangre preciosa de Jesús.

La redención de Dios

1. “Vendido al pecado”

El hombre caído no pertenece a Dios, sino al diablo. Su estado se describe en las siguientes palabras: “Soy carnal, vendido al pecado” (Romanos 7.14). Como Esaú, que por una sola porción de potaje vendió su primogenitura, así el pobre pecador vende su alma por un solo “pedazo de carne” por medio del cual el diablo lo tienta. Al ser vendido al pecado entonces el pecador está sin recurso. La ley sella su condenación porque le muestra que no puede vivir una vida que le agrada a Dios por más que se esfuerce. Ahora él está destinado a vivir esta vida y la venidera perdido, miserable, desamparado y sin Dios a menos que aplique la sangre del Señor Jesucristo a su vida para que Dios lo redima.

2. La sangre es nuestro rescate

El “rescate” es lo que uno paga para recobrar o redimir algo para sí. Al hombre le es imposible pagar su propio rescate o el de otro (Salmo 49.7–9). El hombre no tiene con que pagar el alto precio de su redención. Su única esperanza es que Dios mismo lo pague. Y ya lo ha hecho.

Cristo, nuestro Redentor, ofreció su propia sangre para comprarnos de nuevo para sí. Como Cristo mismo dijo, él vino “para dar su vida en rescate por muchos” (Mateo 20.28). Pedro nos dice que somos redimidos, no con cosas corruptibles como plata y oro, “sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 Pedro 1.19). Pablo añade su testimonio, diciendo: “Hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, el cual se dio a sí mismo en rescate por todos” (1 Timoteo 2.5–6).

3. El Espíritu Santo es las arras de nuestra herencia

Aunque Cristo ha pagado el precio de nuestra redención no experimentaremos el cumplimiento completo de la misma hasta llegar a la gloria. Dios nos ha dado el Espíritu Santo como evidencia que nos ha redimido para siempre. Nos ha dado de sí mismo para mostrarnos que en verdad pertenecemos a él. “Habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria” (Efesios 1.13–14).

4. La redención es para todos

Una de las verdades más bellas de la redención de Dios es que la misma es para todos los pueblos, en toda nación, en toda región y en todo tiempo. Si alguno que conoce el plan de Dios no se salva, es por su propia culpa, pues Dios proveyó para la redención eterna de toda persona.

La redención es también para los santos del Antiguo Testamento. “Es mediador de un nuevo pacto, para que interviniendo muerte para la remisión de las transgresiones que había bajo el primer pacto, los llamados reciban la promesa de la herencia eterna” (Hebreos 9.15).

Y la redención es para todos los santos del Nuevo Testamento. “Quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tito 2.14).

En fin, la redención es para todo aquel que quiera alcanzarla. “Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación” (Apocalipsis 5.9).

Resultados de la redención

Los redimidos gozan de:

1. Liberación del dominio del diablo

Por medio de su muerte, Cristo destruyó “al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y libr[ó] a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre” (Hebreos 2.14–15). El pecado ya no tiene dominio sobre nosotros (Romanos 6.14). Estamos libres para servir a Dios en justicia con una conciencia limpia. El pecado frustró a los que vivieron bajo la ley de Moisés porque nunca podían librarse de sus garras. Pero “Cristo nos redimió de la maldición de la ley” (Gálatas 3.13).

El mundo está bajo el dominio del diablo y también está condenado con él. Pero Cristo “se dio a sí mismo por nuestros pecados para librarnos del presente siglo” (Gálatas 1.4). Fue de esta liberación que Pablo se regocijó, diciendo: “Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo” (Gálatas 6.14).

“El postrer enemigo que será destruido es la muerte” (1 Corintios 15.26). La promesa es: “De la mano del Seol los redimiré, los libraré de la muerte” (Oseas 13.14). Los redimidos del Señor no temen al sepulcro porque el retorno del cuerpo al polvo significa también un retorno del espíritu a Dios y por fin habrá una “redención de nuestro cuerpo” (Romanos 8.23) así como del alma. Mientras que los impíos “sufrirán pena de eterna perdición” (2 Tesalonicenses 1.9), los justos descansarán seguros en la esperanza de aquel “que rescata del hoyo tu vida” (Salmo 103.4).

2. Reconciliación con Dios

“Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él; si en verdad permanecéis fundados y firmes en la fe, y sin moveros de la esperanza del evangelio” (Colosenses 1.21–23). Hay dos cosas que se mencionan de manera especial: (1) que podemos ser reconciliados con Dios por medio de la muerte de su Hijo y (2) que tenemos que permanecer en “la esperanza del evangelio”. Dios ha hecho su parte en la redención e hizo posible que el hombre hiciera la suya. ¿Acaso permaneceremos firmes en la fe?

3. Perdón de pecados

“En quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados” (Colosenses 1.14). Pablo declara en su carta a los efesios esta misma verdad al hacer mención de que recibimos este perdón “por las riquezas de su gracia” (Efesios 2.7). Cuando somos redimidos entonces damos a conocer que fuimos pecadores y que ahora somos salvos por gracia.

4. Justificación

“Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús” (Romanos 3.24). La redención hecha por Cristo nos justifica para que podamos presentarnos ante Dios, porque ahora tenemos la justicia que es por la fe en su Hijo amado.

5. Santificación

“Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa” (Efesios 5.25–27). (Lea también Tito 2.11–14; Hebreos 10.10, 14; 13.12.)

6. Ciudadanía celestial

Por medio de la redención llegamos a ser hijos de Dios. Pablo lo llama “la adopción de hijos” (Gálatas 4.5). “Para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tito 2.14). Pedro declara que el pueblo de Dios es “linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios” (1 Pedro 2.9). Hemos sido llamados del mundo pecaminoso para ser “pueblo adquirido por Dios”.

Debemos recordar que los redimidos del Señor, salvados, “santificados, útiles al Señor” son su propia “posesión adquirida” (1 Corintios 6.20). También debemos recordar que ellos andarán en el camino de la santidad del Rey (Isaías 35.8–9), esperando el tiempo cuando los redimidos volverán a Sión con gozo (Isaías 35.10) y sólo ellos cantarán juntos la historia bendita de la redención en el cielo.
¿Quién tiene más amor por la humanidad?

¿El que acepta todas las religiones como buenas o el que predica la exclusividad de Jesucristo?

Primero, sabemos que el camino como único camino de salvación debe ser atendido, respetado y caminado. El alejarse del mismo significa perecer en el infierno de tormento del cual habló Jesucristo. Si usted como creyente piensa que cualquiera entra al cielo sin importar su religión está en un gran error e hipocrecía.

Aquellos que realmente deseamos que el mundo se salve, predicamos que todos los religiosos tienen que tornarse a Dios y a su Palabra.

Aquellos que predican el falso amor y la hipocrecía dicen: "cree lo que quieras, como quiera irás al cielo"

Esa falsedad conducirá a millares de religiosos al mismo infierno de fuego donde el fuego no se apaga y el gusano de ellos no muere. Allá en el infierno se lamentará de que alguien no les haya insistido o predicado que Jesucristo era el único camino al cielo.

Por otro lado tenemos a los que se ruborizan cuando se les insiste a entrar por la puerta angosta, Jesucristo. La insistencia no es recibida por muchos y tal parece que los creyentes quisieran forzar a la gente para que se decidan por Jesucristo y se salven.

En el infierno existirá mucha gente lamentándose porque las veces que se les insistió, simplemente rechazaron. Desearán que hasta los hubieran llevado por la fuerza a aceptar a Jesucristo. Pero ya será tarde... muy tarde.

El infierno estará lleno de religiosos, filósofos, pensadores, etc que simplemente no se moldearon a Jesucristo sino que escogieron sus caminos diferentes al trazado por Dios.

Muchos hubieran deseado que el infierno fuera meramente un lugar mitológico o abstracto. Pero la realidad es que estarán en tormento con sus sentidos más activos y agudos que en la misma tierra.

Respuesta
Recomendar Mensaje 3 de 3 en la discusión
De: Edward VelezEnviado: 28/02/2008 19:31
La falacia de los hipócritas dice: "todas las religiones salvan", "Todos adoran al mismo Dios", "la religión no importa", "todos llaman al mismo Dios pero por diferentes nombres", "es amor el tolerar otras religiones y no insistir en que abrazen a Cristo...total cada cual con su creencia..."

Pero la realidad es otra:

Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre. -I Timoteo 2:5

Por tanto, di a la casa de Israel: Así dice Jehová el Señor: Convertíos, y volveos de vuestros ídolos, y apartad vuestro rostro de todas vuestras abominaciones. Ez. 14:6

La misericordia de Jehová

12 Por eso pues, ahora, dice Jehová, convertíos a mí con todo vuestro corazón, con ayuno y lloro y lamento.

13 Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos, y convertíos a Jehová vuestro Dios; porque misericordioso es y clemente, tardo para la ira y grande en misericordia, y que se duele del castigo.

14 ¿Quién sabe si volverá y se arrepentirá y dejará bendición tras de él, esto es, ofrenda y libación para Jehová vuestro Dios?

15 Tocad trompeta en Sion, proclamad ayuno, convocad asamblea.

16 Reunid al pueblo, santificad la reunión, juntad a los ancianos, congregad a los niños y a los que maman, salga de su cámara el novio, y de su tálamo la novia.

17 Entre la entrada y el altar lloren los sacerdotes ministros de Jehová, y digan: Perdona, oh Jehová, a tu pueblo, y no entregues al oprobio tu heredad, para que las naciones se enseñoreen de ella. ¿Por qué han de decir entre los pueblos: Dónde está su Dios?

18 Y Jehová, solícito por su tierra, perdonará a su pueblo.

19 Responderá Jehová, y dirá a su pueblo: He aquí yo os envío pan, mosto y aceite, y seréis saciados de ellos; y nunca más os pondré en oprobio entre las naciones.

20 Y haré alejar de vosotros al del norte, y lo echaré en tierra seca y desierta; su faz será hacia el mar oriental, y su fin al mar occidental; y exhalará su hedor, y subirá su pudrición, porque hizo grandes cosas.

21 Tierra, no temas; alégrate y gózate, porque Jehová hará grandes cosas.

22 Animales del campo, no temáis; porque los pastos del desierto reverdecerán, porque los árboles llevarán su fruto, la higuera y la vid darán sus frutos.

23 Vosotros también, hijos de Sion, alegraos y gozaos en Jehová vuestro Dios; porque os ha dado la primera lluvia a su tiempo, y hará descender sobre vosotros lluvia temprana y tardía como al principio.

24 Las eras se llenarán de trigo, y los lagares rebosarán de vino y aceite.

25 Y os restituiré los años que comió la oruga, el saltón, el revoltón y la langosta, mi gran ejército que envié contra vosotros.

26 Comeréis hasta saciaros, y alabaréis el nombre de Jehová vuestro Dios, el cual hizo maravillas con vosotros; y nunca jamás será mi pueblo avergonzado.

27 Y conoceréis que en medio de Israel estoy yo, y que yo soy Jehová vuestro Dios, y no hay otro; y mi pueblo nunca jamás será avergonzado. - Joel 2