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miércoles, 7 de diciembre de 2011

Cristianos de ayer, cristianos de hoy

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Fuente de esta artículo: casadeoracionmexico (punto) info/blog/?p=343

¿Qué dice el mundo sobre los cristianos hoy en día? ¿Cómo podría alguien describir la forma en que viven los creyentes en el siglo veintiuno?

La iglesia está dando mucho de qué hablar al mundo y, lamentablemente, mucho de lo que se dice de ella, siendo verdad, no hace sino reflejar un estado de descomposición de la fe. Obviamente, la solución no es callar. Al contrario. Hay quienes consideran ruda la forma en la cual, en este y otros foros, hemos combatido a los falsos profetas y sus enseñanzas heréticas y orientadas al materialismo; pero créanos: no sólo quienes formamos la iglesia del Señor hoy en día nos damos cuenta de tales falsedades. No. Así ve el mundo, nada más por darle un ejemplo, a los líderes supuestamente cristianos de nuestro tiempo. Observe.

Ante este panorama parecen lejanos los días en los cuales un autor desconocido dirigió una carta a un hombre llamado Diogneto, quien estaba seriamente interesado en que le fuera descrita la forma en que vivían los cristianos de su tiempo, el segundo siglo de nuestra era. La llamada Carta a Diogneto es una obra de la apologética cristiana que nos acerca a una generación de creyentes que contrasta con la actual por su compromiso hasta la muerte con Jesucristo.

Lea usted pues cómo este autor describía el estilo de vida de los seguidores del Señor:

"En cuanto al misterio de la religión propia de los cristianos, no esperes que lo podrás comprender de hombre alguno. Los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por su tierra, ni por su lengua, ni por sus costumbres. En efecto, en lugar alguno establecen ciudades exclusivas suyas, ni usan lengua alguna extraña, ni viven un género de vida singular.

La doctrina que les es propia no ha sido hallada gracias a la inteligencia y especulación de hombres curiosos, ni hacen profesión, como algunos hacen, de seguir una determinada opinión humana, sino que habitando en las ciudades griegas o bárbaras, según a cada uno le cupo en suerte, y siguiendo los usos de cada región en lo que se refiere al vestido y a la comida y a las demás cosas de la vida, se muestran viviendo un tenor de vida admirable y, por confesión de todos, extraordinario. Habitan en sus propias patrias, pero como extranjeros; participan en todo como los ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña les es patria, y toda patria les es extraña.

Se casan como todos y engendran hijos, pero no abandonan a los nacidos. Ponen mesa común, pero no lecho. Viven en la carne, pero no viven según la carne. Están sobre la tierra, pero su ciudadanía es la del cielo. Se someten a las leyes establecidas, pero con su propia vida superan las leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se los desconoce, y con todo se los condena. Son llevados a la muerte, y con ello reciben la vida. Son pobres, y enriquecen a muchos. Les falta todo, pero les sobra todo. Son deshonrados, pero se glorían en la misma deshonra. Son calumniados, y en ello son justificados. «Se los insulta, y ellos bendicen». Se los injuria, y ellos dan honor. Hacen el bien, y son castigados como malvados. Ante la pena de muerte, se alegran como si se les diera la vida. Los judíos les declaran guerra como a extranjeros y los griegos les persiguen, pero los mismos que les odian no pueden decir los motivos de su odio.

Para decirlo con brevedad, lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo. El alma está esparcida por todos los miembros del cuerpo, y los cristianos lo están por todas las ciudades del mundo. El alma habita ciertamente en el cuerpo, pero no es del cuerpo, y los cristianos habitan también en el mundo, pero no son del mundo".

Imagínese qué diría el autor de esta carta si pudiera presenciar cómo estas convicciones fueron reducidas, cómo este nivel de compromiso fue rebajado, cómo diecinueve siglos más tarde, entre quienes se hacen llamar cristianos, son pocos los que pueden ser hallados viviendo así. Llegamos a los tiempos, ni duda cabe, en los que por haberse multiplicado la maldad el amor de muchos YA se ha enfriado.

Fuente de esta artículo: casadeoracionmexico (punto) info/blog/?p=343