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miércoles, 15 de septiembre de 2010

La potencia de los latidos del corazón de Dios

  
 
No se sorprenda, Dios tiene corazón. Dios también siente y se duele cuando sus hijos no andan en obediencia. Se nos dice en Génesis:
 
Y se arrepintió Jehová de haber hecho hombre en la tierra, y le dolió en su corazón. (Gn 6:6)
 
No se trata de querer reducir a Dios a un hombre ni mucho menos de tratar de igualar el hombre a Dios. Dios es tan grande que no se puede medir.
 
El cielo es mi trono, Y la tierra el estrado de mis pies. ¿Qué casa me edificaréis? dice el Señor; ¿O cuál es el lugar de mi reposo? (Hechos 7:49)
 
Sin embargo, ese Dios se nos dio a conocer por medio del Hijo. En Jesucristo vimos la imagen visible del Dios invisible. (Col. 1:15) Hubo un tiempo que el corazón de Dios estuvo más cerca que nunca antes. Dios mismo vino en carne. Jesucristo vino como hombre y en forma de siervo. Sus discípulos se le acercaban y podían palparlo, escucharlo y aun escuchar su propio corazón.
 
Hubo un discípulo que descubrió ese secreto. Cuando escuchó el primer latido del corazón de Dios no quiso despegar su existencia del pecho del Maestro. (Juan 13:25) Fue Juan aquel que se acercaba tanto al pecho del Maestro que el fuego divino lo consumía en amor y cada latido le hablaba de amor y de redención. ¿Cuán cerca o cuán lejos estamos del pecho del Maestro? Dios nos invita a acercarnos de tal forma que sincronicemos nuestros latidos a los latidos de Dios. De seguro que con cada latido del corazón de Dios nuestra vida será completamente restaurada.